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sábado, 4 de abril de 2020

Luis Eduardo Aute




Estaba mal desde el infarto. No se lo ha llevado el covid-19, a pesar de su voracidad. Se lo ha llevado el corazón, con el que quería tanto. Su forma descarada e irreductible de afrontar la vida. Se equivocaría muchas veces, pero todos nos equivocamos para ser humanos. Amó la vida y amó la libertad, por la que empeñó su vida.
Los de mi edad tenemos muchas referencias musicales y poéticas. Podría hacer una lista y me saldría una docena por lo menos, todos importantes. Pero en mi caso ha habido dos esenciales por razones culturales, emocionales e ideológicas. Uno fue Paco Ibáñez y otro fue Luis Eduardo Aute, por motivos diferentes y por un trasfondo político y poético semejante. A Paco Ibáñez lo conocí a finales de los 60, cuando el Consejo de Guerra de Burgos contra ETA, siendo yo estudiante de Preuniversitario. Me lo presentaron a través de dos de sus canciones a la salida de un ensayo de una obrita menor de teatro de Valle Inclán, otro maldito. Las canciones eran: Soldadito boliviano y La mala reputación. Canciones para fortalecer poéticamente el compromiso con la locura, la rebeldía, la determinación y la resistencia, de las que hablaba tanto León Felipe. Hubo más canciones, claro, hubo muchas, y hubo más cantantes, y hubo poetas, Gabriel Celaya y Blas de Otero entre ellos, pero esas dos canciones quedaron ahí para siempre en el imaginario.
A Luis Eduardo Aute lo reconocí, porque ya lo conocía de antes, pero sin darle importancia, en los agónicos últimos días del franquismo, cuando el mayor genocida de la historia de España puso el enterado en unas sentencias de muerte que llevaron al fusilamiento a un grupo de muchachos, a manos de unos pelotones de borrachos. Lo reconocí cuando supe de Al alba, unos versos mecanografiados que me pasaron, aunque lo oiría más tarde en la voz de Rosa León. La hoja con los versos se perdió en algún mechinal, pero tengo ahí las voces suya y de Rosa resonando todavía, esos versos lentos, con escaso acompañamiento musical, versos casi desnudos, porque están escritos para arropar las desoladas almas de los que sufrimos con la muerte injusta y cruel de un ser humano, de los que creemos, como él, y por eso disfrazó su airada protesta y su dolor de balada de amor, que sólo el amor puede salvarnos de cualquier desastre y construir un mundo mejor, más limpio y más libre. Más humano, donde quepan todos los seres humanos. Luego hubo más versos suyos y más poemas, pero esos se quedaron ahí para marcar un hito, un antes y después, para dar un portazo sangriento a la dictadura.

Al alba, te marchaste al alba.
Llenaste mi cuerpo
con el fuego de tu amor
Y te fuiste al alba.

Ahora se ha marchado él y nos ha dejado huérfanos. La tierra le será leve, porque la tierra lo ama.
Es bueno recordarlo hoy con tantos muertos nuestros amontonándose en las puertas de nuestras casas y de nuestras conciencias. Porque un virus los mata, sí, o los remata, el asesino es un virus, pero en realidad los mata una sociedad que ha optado por deshacerse de los seres humanos para optar por los negocios, ni escuelas, ni ciencia, ni cultura, ni hospitales, negocios. Y hemos permitido que el mundo derivara hacia un agregado colectivo sin códigos ni reglas, donde reina la ley del más fuerte y del más adinerado y triunfa el darwinismo social, en contra de la justicia y los cuidados, que sólo el amor puede darnos.
Luis Eduardo Aute nos hace falta. Por lo menos sus versos. Estos por ejemplo:

Ay, amor mío,
qué terriblemente absurdo
es estar vivo sin tu latido.
Que el final de la historia,
enésima autobiografía de un fracaso,
no te sirva de ejemplo.
Hay quien afirma que el amor es un milagro,
que no hay mal que no cure,
pero tampoco bien que dure cien años,
eso casi lo salva.
Lo malo son las noches que mojan mi mano.

jueves, 26 de marzo de 2020

Covid-19, los muertos y la vida



Vamos a hablar de muertos. Hoy que hemos sabido que un tercio de las víctimas del covid-19 en España eran ancianos internados en residencias, la mayoría en Madrid, unos 1000. Esos sitios donde Casado prefiere que no entren a poner orden los militares. Poner orden significa recoger a los muertos abandonados por las habitaciones.
Vamos a hablar de muertos. Cuando sabemos que el vicegobernador de Texas, Dan Patrick dijo ayer o anteayer: “Los abuelos deberían sacrificarse y dejarse morir para salvar la economía por el bien de sus nietos y no paralizar el país”. Luego añadió, al parecer, que él también estaba dispuesto a sacrificar su vida por sus nietos y por América. “America, first”, que decía Trump. Primero el país, la nación, su economía, por lo tanto, su fortaleza, y luego todo lo demás, incluso la vida de los americanos, incluso las vidas, a tenor de Dan Patrick. Trump está pensando en levantar las restricciones y normalizar la actividad económica, aunque eso signifique resignarse a las palabras de Patrick.
Dan Patrick seguramente sea un patriota, el paradigma del patriotismo. Y Trump.
Adolf Hitler era un patriota. Franco era un patriota. Ortega Smith, Abascal, Casado son patriotas.
La comunidad de Madrid entregó la gestión de las residencias de ancianos a las empresas privadas, porque las empresas privadas gestionan mucho mejor todas estas cosas, en palabras de Esperanza Aguirre, que también es una patriota y por eso organizó el tamayazo y la financiación irregular del PP de Madrid, detrayendo parte del coste de los hospitales para financiar sus campañas electorales.
Primero vinieron a buscar a...”, avisó hace ochenta años Martin Niemöller. Y hoy: primero los abuelos, para salvar a los nietos. Luego serán los cojos o los tuertos, los que padecen algún síndrome que cueste dinero al país, después serán los de piel oscura, más tarde los homosexuales o los ateos, los menores no acompañados acogidos en residencias,... Siempre hay alguien que estorba o cuesta dinero. Alguna vez, cualquiera de nosotros será uno de esos que estorba.
La vida cuesta dinero. O no. Sí. Aunque la vida no necesita el dinero.
Los opulentos prefieren estar solos con su dinero.
Hablemos de los muertos.
El PP los clasifica: más de 4000 muertos de hepatitis por negarles el Sovaldi no son nada con los cerca de 4000 que lleva del covid-19. Ana Mato dijo que el tratamiento era muy caro y que España no podía permitírselo. 4000 muertos. Era caro tenerlos vivos. Hoy el problema para el PP no es el dinero, es el gobierno socialcomunista. El problema, de verdad, es que los muertos del covid-19 son de otro gobierno. Y los quieren hacer suyos para derribar al gobierno.
Los muertos del 11M tampoco tenían importancia. Comerciaron con ellos para ganar unas elecciones que al final perdieron. El PP es un partido necrófago. Vive de los muertos, se alimenta de muertos. Para intentar sacar rédito político o para colocar a quienes no tienen otro mérito que contar con un muerto en la familia. Hoy tratan de obtener ventaja con estos muertos, aunque muchos de estos muertos sean de su responsabilidad política, porque son muertos de residencias de ancianos.
El sistema, el capitalismo, también clasifica a los muertos. Los muertos en carretera no tienen importancia. Aunque sean miles. El transporte privado es una conquista que estamos dispuestos a pagar con vidas. Son números, nadie ahí tiene nombre. Son un coste colateral del sistema.
O los accidentes de trabajo. Las muertes por accidente de trabajo también son un tributo marginal del sistema. Hay unos límites que estamos dispuestos a soportar, y por eso tampoco nos importan los nombres, y apenas introducimos elementos correctores para que no sea muy escandaloso.
¿Cuántos muertos produjo el franquismo? ¿Dónde están sus cuerpos? Sus nombres. Cientos de miles en las cunetas, en los barrancos o en las fosas comunes de los cementerios. No hacemos nada por devolverles la dignidad arrebatada. No murieron en accidente ni por el ataque de ningún virus, sino deliberadamente, porque quien mataba tenía el poder de decidir sobre la vida y la muerte, y dispuso que la vida no le importaba, aquellas vidas no le importaban. Y no le importan tampoco hoy a los herederos de aquellos asesinos, que se atreven a vilipendiarlas, pero se muestran muy preocupados por los muertos del covid-19. Cuando estos días pasen y abandonemos nuestros confinamientos, quizá deberíamos ocuparnos en serio también de los muertos del franquismo, porque significaría devolver el respeto a sus vidas.
¿Cuántas muertes por gripe común cada año? Vale le pena contarlas, y las contamos, pero no las tomamos en cuenta, no nos escandalizan, porque forman parte de la rutina cotidiana. Tomamos en cuenta el goteo diario de los números del covid-19, aunque los muertos no alcancen nunca a los muertos por la gripe común.
Valían las muertes de ETA para hacer leyes especiales contra los terroristas, pero no valen las muertes de las mujeres. Las muertes de las mujeres siempre siembran dudas. Las mujeres siguen estando señaladas. Por eso el 8M es culpable de la expansión del covid-19, y porque así hay otro argumento para atizar al gobierno. El virus no se expandió en Vistalegre, ni en los partidos de fútbol, ni en los cines, ni en las fiestas, ni en las misas, en las iglesias no entran los virus porque están las vírgenes para detenerlos.
¿Y los muertos del Mediterráneo? Esa fosa común que tiene el nombre mágico de Mediterráneo. Nos escandalizamos con el cuerpo de un niño varado en la playa, pero no contamos todos los muertos, aunque haya por ahí estadísticas que los recogen uno a uno, pero sin nombre, porque los muertos del Mediterráneo, sobre todo, tampoco tienen nombre. Son extraños. Las muertes de extraños carecen de importancia. Y por eso a tales extraños les levantamos barreras, aun sabiendo que los valladares serán causa de muerte por miles.
Las muertes de las guerras de Irak o Afganistán, ¿cuántas? Muertes nuestras muchas de ellas, provocadas por nuestros actos, nuestra negligencia o nuestros silencios. Las muertes de Siria. Las de Somalia. Las muertes de Yemen, causadas por una dictadura atroz y sanguinaria a la que vendemos armas y de la que obtiene sustanciosos réditos nuestro rey emérito para sus juegas. Cobramos las armas y miramos para otro lado, y seguimos respaldando a la monarquía corrupta.
Una muerte no importa cuando el fallecido formaba parte en vida de una cuenta de resultados.
¿Por qué tanto escandalizarse, tanto aspaviento con las muertes del covid-19? Quizá porque el covid-19 no distingue mucho y nos puede tocar a cualquiera. O por ominoso cálculo político. Por miedo. De aquí que algunos hablen de guerra, cuando, en realidad se trata de otra cosa. Las guerras buscan la muerte del enemigo y salvaguardar la propia. Pero esto es una pelea por la vida, el reto es la vida, la vida que queremos, la vida que merece la pena vivir, si esa vida es la de los números o es la vida de quienes se aplauden desde los balcones o se abrazan a través de mensajes o de gestos. No se trata de evitar muertes, se trata de salvar vidas para la vida. Y si, cuando esto pase, sigue habiendo gentes sin techo, sin alimento, sin sanidad pública, sin educación pública, sin vestido, sin recursos para llevar una vida digna y decente, abandonados, otra vez sumergidos en la lógica cruel del mercado, que te expulsa cuando no te necesita, habremos perdido la batalla de la vida y no merecerá la pena haber sobrevivido al virus.
Cuando la obscenidad de quienes se alimentan de los muertos venga a por nosotros, no habrá nadie para defendernos ni para hablar en nuestro nombre.

lunes, 16 de abril de 2012

Cazadores y matarifes



En los pueblos, la gente siempre mantuvo con la muerte una relación natural. Era un hecho, como el amanecer, como la primavera, y como tal se tomaba. La gente fallecía en sus casas, allí se les amortajaba y se les velaba y desde allí salían para el cementerio. Yo descubrí la muerte con tres o cuatro años, cuando, en un ejercicio de curiosidad infantil, me asomé a una ventana abierta y observé el cuerpo rígido de un hombre sobre lo que parecía ser una alfombra o un sudario abierto. La gente lloraba la muerte de sus deudos y lloraba la muerte de la vaca que les daba la leche o del mulo que los ayudaba en su trabajo. De hecho había un cementerio de animales como había un cementerio para los seres humanos. Los seres humanos tenían su ceremonia de despedida porque tenían dios e iglesia y los animales, incluso en los pueblos, carecían de esas cosas. Pero, aun sin ceremonia, a los animales se les tenía respeto. Eran cómplices o compañeros de una forma de vida, en la que resultaban imprescindibles.

Recuerdo a mi padre cogiendo la escopeta para salir de caza. Dependiendo de la época del año, traía un par de liebres o unas perdices. Incluso, una vez, aprovechando la niebla de la mañana, logró cazar una avutarda y otra, un sisón, aves que hoy sólo se ven ya en los manuales. Con la avutarda había carne para una semana, o más, porque su tamaño es, más o menos, el de un pavo. Con el sisón, que no es mayor que una gallina, para dos o tres días, para una semana si se estiraba. Y daban para hacer caldo y arroces o patatas durante una quincena. Mi padre cazaba para alimentar a la familia. En aquella época las proteínas tenían, fundamentalmente, origen vegetal.

En las casas se criaba un cerdo, que siempre se sacrificaba a finales de año (san Martín es el 11 de noviembre, de ahí el refrán), gallinas, tal vez conejos. Las gallinas envejecían en las casas porque estaban allí por los huevos. Los huevos eran alimento inmediato o proteína en ciernes, si se incubaban en primavera y eclosionaban un montón de pollitos al principio del verano.

Cada cierto tiempo, se mataba un pollo adulto. En las casas no había sitio para más de un gallo. Yo mismo, siendo niño todavía, he matado pollos con mis manos. Era una orden natural: mata un pollo. Y lo matabas como lo habías visto hacer a tus padres. Y te familiarizabas con la muerte de los animales como antes te había familiarizado con la de tus semejantes. Matar un pollo es fácil, por eso era uno de los primeros ejercicios. Después aprendías a matar un conejo, que necesitaba un golpe certero, o una paloma. La muerte tenía que ser rápida, para no hacer sufrir innecesariamente a los animales. No hay ninguna muerte fulminante, todas producen dolor y sufrimiento. Por eso la muerte de los cerdos se encomendaba a los matarifes, que partían el corazón de un golpe certero.

La caza como entretenimiento llegó a los pueblos de la mano de amos y señoritos. Y luego del negocio. Hoy hay, incluso, granjas de codornices que se sueltan unos días antes de que lleguen al campo los cazadores aficionados de las ciudades. La cultura de la muerte tiene otro significado en las ciudades. La muerte, en las ciudades, es muchas veces, como el golf, un entretenimiento.

El ejercicio del rey estos días en Botswana tiene mucho que ver con el entretenimiento de amos y señoritos o con la diversión de sus antepasados en los bosques de la Casa de Campo o el Monte del Pardo. Lo de Botswana es, al parecer, un negocio de blancos, aunque sea un país de negros. Los negocios, en general, son cosa de blancos occidentales.

¿Por qué protesta la gente en París?, preguntó María Antonieta pocos días antes del asalto a la Bastilla. Porque no hay pan y tienen hambre, contestó alguien. ¿Y por qué no comen pasteles?, repuso ella. Supongo que Juan Carlos I no pretenderá que coman elefante los que hoy tienen graves dificultades. Y supongo que no ha leído Los Santos Inocentes, de Miguel Delibes, donde Azarías sabe qué hacer cuando los señoritos se olvidan de la gente. Azarías seguramente había visto morir antes a pollos y conejos; incluso, es posible que los matara él con sus propias manos. Pero no pudo soportar la muerte gratuita de su milana bonita. La muerte de la milana bonita era un acto de desprecio. Para Azarías, una simple cuerda cumple la misma función que un kalashnikov en manos de un desesperado.

NOTA:
De acuerdo con la nueva legislación que el gobierno pretende aprobar, esta entrada podría ser constitutiva de un delito de incitación a la revuelta, castigada con dos años de cárcel. ¿Permitirá Azarías la aprobación de esta modificación del Código Penal?

domingo, 27 de febrero de 2011

Velázquez, Piedad y Gaia



Hace muchos años que no veo a Piedad. Muchos. Y la echo de menos. Echo de menos, sobre todo, los ojos con los que miraba las cosas. Pero le perdí la pista. A través de sus ojos aprendí a mirar con los míos a Velázquez, por ejemplo, a mirar la pintura sin los complejos del ignorante. Mirar un cuadro como quien mira un paisaje ordinario, contempla el horizonte o se estremece con un atardecer único en un día único junto a personas amadas. O solo. Hay un no sé qué mágico que el mundo cuenta cuando uno lo observa solo.

Aprendí a mirar la pintura como un organismo, como algo vivo, donde no es posible la muerte, aunque en ocasiones retrate la decadencia y la muerte. No es que un cuadro detenga el tiempo, sino que lo traspasa para proponernos un mundo nuevo en cada momento. Un cuadro no congela una emoción o un hecho, sino que lo captura para entragárnoslo y hacerlo nuestro. Nos propone un paisaje, siempre propone un paisaje, a veces un paisaje interno.

No hace falta ir al Prado o al Thyssen para contemplar un cuadro. Cada picosegundo la naturaleza nos ofrece un cuadro. Cada picosegundo hay algo que cambia, una brizna de hierba, el aleteo de una mariposa, y deja en nuestra retina una foto distinta, como si cada instante fuera distinto el mundo, porque es distinto el mundo cada picosegundo. Nosotros también somos distintos cada picosegundo. Si cerramos los ojos y miramos hacia adentro tampoco hace falta ir al Prado.

Piedad pintaba abstracto. Así que sólo pintaba paisajes internos. A veces trágicos y a veces serenos. Mirándolos leías su alma. Y en eso se parecía a Velázquez, porque Velázquez también muestra los paisajes internos. Incluso el suyo, en las Meninas, por ejemplo. En las Meninas yo entiendo la decadencia de un mundo. Mirad a las niñas, la ausencia del rey y la reina, apenas un reflejo al fondo, meros espectadores, meros espectadores de un mundo que tal vez no entienden.

Cuando uno sale a pasear con Gaia en un día tan espléndido como hoy, da para pensar en muchas cosas. En Piedad y en Velázquez, por ejemplo. En un mundo que no entendemos. En algunos amigos que se pierden en la vorágine del tiempo.

Hay un amigo al que se le está muriendo su padre. Quizá ya se la haya muerto. Para estos trances siempre se está solo. Y, sin embargo, puede uno sentir la compañía del universo. No sé cómo acaban los abrazos haciendo su cómplice camino. Hechos así nos enseñan que hemos venido para estar solos pero no abandonados. Quizá la amistad sea el hecho más solidario de todos. Espero que mi amigo no se sienta solo y que sienta la paz que tratan de transmitirle sus amigos.

Hace dos años una amiga perdió a su hijo. De repente. En un mes una enfermedad cruel se lo había arrebatado. Para esto no estamos preparados. Estamos preparados para perder a nuestros padres y para despedirnos de nuestros hijos, pero no estamos preparados para perder a nuestros hijos. No forma parte del plan de vida perder a nuestros hijos. El mundo se organizó para que nuestros hijos nos sobrevivieran. Y en este trance nada puede consolarnos.

Nos comportamos como si fuéramos eternos en un mundo en el que todo es efímero. Nosotros somos efímeros. La nada es eterna. Qué ingenuos. Venimos de la nada y a la nada volvemos. Quizá la nada sea el estado perfecto. No sé si esto está en Las Meninas, posiblemente lo sugiera con el espejo del fondo. La nada está hecha del material de lo eterno.

Si apareciese Piedad con su paleta en la mano, el mundo sería más llevadero.

jueves, 29 de octubre de 2009

1º de noviembre


Muerte en la alcoba, Edvard Munch



Desde que tengo memoria, mi familia venía pagando una pequeña cantidad, mensual o trimestral, no recuerdo, que llamaban “los muertos”, es decir, un seguro para cubrir los gastos que se derivan de una defunción. El único seguro que pagaban puntual y religiosamente todas las familias. Y, prácticamente, el único seguro generalizado en España hace unos 50 años. De hecho, muchas compañías aseguradoras surgieron al calor de ese negocio. Incluso, su nombre nos lo recuerda, como El Ocaso, muy claramente, o El Fénix, de evocaciones cristianas.

Porque morirse es carísimo. Sumemos, si no, desde el féretro a la ceremonia, la pequeña esquela (no hablo de anuncio en el periódico), los recordatorios, las flores, la fosa o el nicho, los traslados,… Un pequeño capital que puede arruinar a una familia. Ojo, no es la muerte lo caro, uno se muere y ya está, como se muere un perro o un gato, lo caro es la ceremonia en que esa muerte se ha convertido. Quien entrega su cuerpo a la ciencia, por ejemplo, sale mucho más barato, baratísimo.

Toda una vida preparando un funeral y toda una vida, al tiempo, cruzando los dedos para evitarlo. Preparando la ceremonia pero no preparando el momento. Ideando, incluso, la frase de la lápida y mirando aterrados el momento final. Toda una vida odiando a tu padre, por ejemplo, deseando su muerte, incluso, para luego, una vez muerto, evocarlo cada 1º de noviembre.

El precio de nuestros miedos, el peso de las cargas que transportamos. No aprendemos de las pequeñas muertes diarias; algunas, no tan pequeñas. De las rupturas. No aprendemos a hacer el duelo, es decir, la superación y el olvido. No normalizamos los cambios y, por lo tanto, recorremos malamente el camino.


Este 1º de noviembre, creo que voy a pasear por un cementerio. Con mi perra. Y observaré cómo mira ella las lápidas. Si es que las mira, porque seguramente no sean, para sus ojos, sino un paisaje.

jueves, 22 de octubre de 2009

Del nacimiento y de la muerte


Niño mirando el nacimiento del nuevo hombre, Salvador Dalí




Recuerdo que venía raudo hacia el útero, pero no nací deprisa. Me entretuvo el olor a pan recién hecho. Un aroma denso, caliente y cereal. Y, enseguida, el lunar ruido de la fragua. El herrero semidesnudo, pero con mandil de cuero, que remataba con su martillo el perfil aguzado de la reja, y el ayudante, con el macho pilón a la espera de su turno. Asomado al dintel de la entrada, arrobado ante el fuego y el ritual del rítmico golpeteo sobre el yunque, me costó atravesar el balcón, por entre los geranios, y acomodarme en las paredes de la que sería mi carne. Quizá por eso, como a Oscar Matzerath1, me costó alejarme de la suspensión amniótica, y asomar. Si no hubiera sido por la ayuda de la ventosa, creo que me hubiera dejado disolver en aquel líquido que me mantenía suspendido.

Oscar Matzerath se agarró a las paredes del útero de su progenitora cuando llegó la hora de su alumbramiento. No quería nacer. Por la hora o por el tiempo en que le tocaba. Quién sabe. Luego, émulo de Peter Pan, tampoco quiso crecer. No nacer, no ser, quizá para no tener que morir. Seguramente hay muchas maneras de nacer, como hay muchas maneras de morir. Y muchas maneras de nacerse, como muchas maneras de morirse.

Yo nací amoratado, supongo que por la asfixia que me produjo el canal del parto, y con la cabeza apepinada. Este es, en mi memoria, mi primer nacimiento. Supe luego que aquello era, también, una forma de morir. De despedir la memoria y olvidar, para hallar el camino. Incluso, al dormir, morimos cada día y cada día volvemos a nacer. Morir para nacer de nuevo. Y nacer para reconstruir la memoria del origen. Enfrente de la casa del balcón de los geranios, había un horno de pan y una fragua que yo recordaría toda mi vida.

El siguiente recuerdo también tiene que ver con el verano, creo que era también verano. El sol empezaba a acostarse hacia el oeste y yo, en la colina desnuda, en la soledad del campo, extendía mi mano izquierda, solemne, revisaba el número de dedos, uno, dos, tres,… y me decía: “¿Cuándo tendré todos éstos?” Hoy sé que me preguntaba cuándo tendría aquellos cinco años de mi mano. Aquel día o cuando cumplí los primeros cinco años fue mi segundo nacimiento, el día en que ya no era hijo del primer recuerdo, sino de éste que sería el segundo, cuando decidí crecer o el día en que comencé a crecer. La primera muerte, también, aunque de ello no fuera consciente todavía.

Quizá hubo otros días. Pero fueron inmersiones aventuradas, osadías de quien indaga, curioso, en cuanto observa. Como aquél, de aquel invierno, en que vacilante recorría la vereda helada, resbalé, caí y quedé encajado en el hielo. O aquel otro, de otro verano, en que un enjambre de avispas me persiguió hasta dejarme en el cuerpo tres o cuatro aguijones dolorosísimos. Del primero me rescató mi madre y, del segundo, un vecino que me calmó el escozor y la hinchazón con ova del abrevadero. Pequeños incidentes que, a esa edad, se convierten en tragedias de las que uno surge como un ser nuevo.

El nacimiento o la muerte, o su asunción, sólo se producen realmente cuando somos conscientes del hecho. En caso contrario, uno es sombra o fantasma. Nace pero no vive o fenece pero no muere. Seguramente hay muchas muertes, muchos nacimientos, muchas formas de morir y de nacer, y pasan desapercibidos porque no somos conscientes de la ruptura. El cambio es radical, o ha de ser radical, pero nuestra conciencia no asume esa radicalidad. Caminamos moribundos o incapaces de crecer, catalépticos perpetuos, a las puertas de la muerte o el nacimiento, sin dar el paso, hasta que la muerte o el nacimiento nos atropellan.

El primer cadáver lo descubrí un día al encaramarme a la reja de una ventana entreabierta. Un cuerpo rígido sobre una alfombra, con las manos entrelazadas, las piernas unidas por los tobillos. Sólo un cadáver.

Sin embargo, la muerte es un hecho cotidiano en la niñez. Se mata un cerdo y se mata un pollo, y luego pasan a la mesa. Como se recogen los huevos del ponedero. O se recolecta el trigo, se muele y se convierte en el pan que aparece en rebanadas. No hay nada trágico ni doloroso en los hechos. Así es la vida.

Hasta que la vida se convierte en otra cosa. Cualquier día de otro verano.

Otras veces recuerdas la cena, los detalles de las horas antes de irte a la cama. Sin embargo, de esta ocasión no recuerdo nada. Supongo que antes habría estado jugando, a la pídola o al escondite, no puede hacerse otra cosa con nueve años. O sí, bueno, cuidar a tus hermanos mellizos de tres meses, mecerlos, cuchichearles palabras incompresibles a ver si, en la perplejidad de lo ininteligible, por fin se duermen y puedes escapar con la muchachería gamberra del barrio.

Un sueño largo, profundo y plácido hubo de ser el de aquella noche, como otra noche cualquiera. Tuvo que ser así porque no recuerdo nada. Recuerdo despertarme, el desperezo, restregarme las legañas, saltar descalzo sobre las baldosas frías, tirar del pestillo de la puerta y traspasarla. Recuerdo a mi madre sentada en una silla en medio de la cocina, recuerdo su voz:

-Ha muerto tu hermano.

-¿Qué?- despierto, pero todavía dormido.

-El mayor de los mellizos. Ha muerto esta noche.

-¿Qué?

Hace un gesto cansino, levanta levemente la barbilla y señala con su mano izquierda hacia la pared, al lado derecho de la puerta que yo acababa de trasponer.

-Tu hermano, que ha muerto, está ahí.

Sobre la mesa rectangular de la cocina, con sus faldones blancos, lo descubrí quieto, pero no dormido, sino rígido. Aquello era la muerte. Adornada con unas flores, que seguramente eran de plástico. Y te tropiezas con la nada2.

NOTAS:

  1. El Tambor de hojalata, Günter Grass, Ed. Plaza y Janés.
  2. ¿Qué es la muerte sino, sencillamente, otra forma de presencia?" En el desierto no hay atascos, Moussa Ag Assarid, Ed. Sirpus.

domingo, 9 de agosto de 2009

París reconstruido




A. sabe bien lo que significa morir, que hay muchas muertes en un día, en una semana, en una mes, muchas muertes en una vida. Cada derrota es una muerte, cada error, cada tropiezo, cada ruptura. A cada instante hay algo que se acaba. A. lo sabe bien. Pero tú no te acabas, sino que sigues aquí teniendo que afrontar el minuto siguiente, la hora siguiente, el día siguiente. Posiblemente solo, con toda seguridad solo. Es decir, con la derrota, con la “muerte”, tú no feneces, no te arrastra la “muerte” a tu propia “muerte” y te pone a ti, además, solo ante el desafío de la parca, sin más medios que tus manos.

Incluso cuando las derrotas o los fracasos no son los tuyos, pero te los tomas como si fueran tuyos. Porque, en el fondo, son tuyos aunque no lo sean. ¿No es tuya la muerte de una mujer por el terrorismo machista? ¿O la de un guardia civil por el terrorismo etarra? ¿No es tuyo el fracaso de la justicia por la decisión del TSJPV? ¿No es tuya la vergüenza de Gürtel? Otra derrota, también una derrota de todos y una derrota tuya. O una violación, por adultos o por niños, aunque por niños parece una derrota más profunda. Quizá, también, sean tuyas las trece rosas de agosto. Trece derrotas sangrientas. O el hambre y la guerra que asola África, por ejemplo.

Muertes, auténticas muertes para las que no siempre estamos preparados ni sabemos hacer el duelo. O no queremos hacerlo, porque, a veces, lo sabe A., no queremos hacer el duelo. Es decir, aceptar la muerte y que los muertos entierren a los muertos, los fracasos se lleven a los fracasos y los tropiezos a los tropiezos. Es decir, aceptar los hechos y dejarlos en su lugar del pasado, porque son patrimonio del pasado. Ojo, aceptar no significa resignarse a los hechos, sino reconocer su existencia. Resignarse a los hechos es añadir una nueva derrota, una nueva muerte. Aceptar es reconocerlos para llevarlos a su nicho natural del cementerio. Resignarse es mantenerlos entre nosotros con poder para operar sobre nuestras vidas.

Después de 70 años seguimos diciendo: ¡Viva la república! ¿Qué república? ¿La que murió? Pero si está muerta. Incluso, han muerto sus asesinos. ¿La por venir? Si no hemos enterrado ni hecho el duelo de la vieja república muerta, es decir, si continuamos “contaminados” con la vieja república muerta (más imaginada que real, seguramente), ¿a qué república vitoreamos? A un retrato, otro cadáver, la proyección en el tiempo de un cadáver. Es decir, nada. Si no es éste el mismo país, no somos la misma gente, no habitamos el mismo mundo, ¿de qué república hablamos? Incluso, ¿tiene sentido hablar de república? ¿Para España, para Europa, para la federación Hispano-lusa?

Nuestras vidas las gobiernan cadáveres, muertos vivientes, como en la vieja película de George A. Romero, zombis. Y nosotros somos moribundos que no acabamos de morir con el pasado para ser con el presente. Porque no enterramos a los muertos, porque no dejamos morir de nosotros la parte que es del pasado muerto.

El porvenir, el futuro, ¿qué son, en este caso, cuando no enterramos a los muertos? Proyecciones mecánicas del pasado, es decir, de la muerte y del fracaso. Cuando enterramos a los muertos, el porvenir, el futuro vienen solos, como flujo, construidos con el material del presente. Son el desarrollo temporal del presente: presente, presente, presente, como los minutos del reloj. Exclusivamente. Lo que hago hoy, lo que soy hoy, mis filias actuales, mis fobias es lo que determina el futuro. De ahí el cuento de Osho sobre la ilusión de la entrada precedente. El pasado no determina el futuro salvo que yo no lo entierre y no haga el duelo. Del fracaso, de la muerte, fracaso y muerte. De la tumba y el duelo, la aventura, el riesgo de elegir, de decidir sobre lo nuevo, afrontar mi propia construcción, como alfarero, desde la arcilla informe.

Felipe reclama a la izquierda para ponerse a sus órdenes. ¿Qué izquierda? ¿La de octubre del 17? ¿La del muro de Berlín, mayo del 68, Hungría del 56, primavera de Praga, Cuba, Allende, Chávez, PSOE, IU? ¿La que aparece anunciar mi vecino del 5º cuando habla? ¿Y por qué a sus órdenes? ¿Eso es izquierda? También hay que enterrar a la izquierda fracasada o trasnochada, cuando menos, enterrarla dentro de cada uno de nosotros. Carrillo, Berlinguer, Lenin, Mao, Gramsci, Togliati, Althusser,…. cualquiera, da igual, a la tumba, están muertos, llevan mucho tiempo muertos, y enterrarlos, también, dentro de cada uno de nosotros. Habrá izquierda, si quieres llamarlo izquierda, cuando tú construyas la izquierda en tu interior, cuando seas capaz de definirla. Mientras esperas un banderín de enganche, no habrá nada. Quizá no la haya tampoco cuando tú construyas el modelo, pero estaremos más cerca de alcanzarla. No tendremos la verdad, pero el hecho de que tú hayas buscado y encontrado tu verdad nos acerca a todos a la verdad. La luz está hecha de fotones y tú eres un fotón.

Cuando voy a la cama cada día tengo la oportunidad de morir. Dormir tabién es morir. Depende de mí, de la profundidad de esa muerte, depende de mí quien se levanta mañana. ¿A quién queremos ver en el espejo? Veremos a quien queramos, por acción o por omisión.

A. se ha inventado un personaje. Todos nos inventamos un personaje cuando somos resultado de la inacción, cuando obviamos el duelo, cuando no enterramos a los muertos. Para sobrevivir, no para vivir. Suele ser una de las mil aristas que nos componen, a las que damos vida, como si no fuese una arista, sino nosotros al completo. No es nosotros, pero acaba siendo nosotros. El dolor por la muerte, por el fracaso se hacen frívolos, entonces, porque los hacemos transcendentes. Nos guía, nos domina porque hemos puesto en sus manos el destino. Podríamos ponernos bajo el agua de la ducha, cerrar los ojos, mojarnos lentamente, enjabonarnos, profusa y profundamente, con la esponja o con la mano, para quitar cualquier huella de lo muerto. No lo hacemos. Es nuestra coartada para no hacernos cargo del presente. Es cómodo tener un muerto que no habla a quien culpar de nuestro estado.

Nos sentamos a comer. Podríamos degustar cada bocado como si fuera el último. No lo hacemos. Nos sentamos a tomar un café con un amigo. Podríamos saborear el café hasta los posos y disfrutar de la compañía cálida e impagable del amigo. No lo hacemos. Rumiamos el pasado rodeados de los fantasmas de los muertos. Ellos están aquí porque los hemos convocado. Y nos aguan el café y convierten la comida en un acto rutinario, incluso molesto. Bastaría una decisión, enterrarlos y hacernos cargo del presente. Pero nos asusta el presente, hasta angustiarnos, es más cómodo el pasado, lo conocemos, es toda nuestra vida. El presente es el vértigo, el riesgo, la aventura. Somos, como nuestra convocada compañía, cadáveres, personajes de la noche de los muertos vivientes. Y somos cobardes. Incapaces de dejarnos morir o de matarnos.

Por eso a muchos les aterra la muerte real, no se han entrenado. Han sido siempre cadáveres y les aterra que morir sea eso que han vivido. París garantiza una dulce, lenta y hermosa muerte.

Seguimos vivos con el cobarde dentro, no nos atrevemos a matarlo. Es más cómodo seguir con el mismo personaje, pura rutina, no hay nada que aprender, nada a lo que enfrentarse, ningún reto al que hacer frente. Bueno, vivos o medio vivos, zombis.

No hay hombre nuevo sin enterramiento y duelo. No hay, tampoco, sociedad nueva sin hombres nuevos. Ni izquierda ni república. Vivimos en un mundo moribundo que los viejos guardianes sostienen y defienden como pueden, entre estertores. La crisis que nos asuela es un ejemplo, todas las crisis, los modelos de crecimiento y desarrollo. La guerra y el hambre, por ejemplo, nunca podrán erradicarse de este mundo, por más que Vicente Ferrer se fotocopiara un millón de veces.


Vamos a dejar para otro día los comentarios políticos. Prefiero pensar hoy en París, la garantía contra la dimisión en la vida. O Casablanca o Ítaca, como prefirieron llamarlo María Jesús y Maca cuando vieron que París se me escapaba de las manos, en ruinas. No hay mundo sin personas, y ahora toca defender a las personas, una a una, defender a A. Defender París, el lugar donde germina y crece la persona nueva, el lugar que se alimenta de nuestro corazón, porque es nuestro corazón. Es el momento de mantener la puerta abierta, de vivir sin puertas. Somos poderosos, París es poderoso. Cuando el poder del anillo de Sauron se desvanece, surge París, gota a gota, persona a persona, como un océano.

lunes, 13 de julio de 2009

Muerte en San Fermín



Sé que lo que sigue puede causar controversia. Pero tengo que decirlo. Me lo pide el cuerpo. No sé si la cabeza, no sé si el corazón. Es posible que el corazón sí me lo esté pidiendo, es posible que me lo pida el alma. No soy muy consciente de lo que escribo, no lo pienso, no lo filtro. Surge, como surge la sangre cuando se pincha en vena. Quien me conoce quizá se enfade, suelo reposar mis reflexiones. Esta vez no es posible. Así que es posible que me equivoque, que exagere. Corregiré y pediré disculpas, si es necesario, pero no puedo seguir callado hoy.

Lo digo.

El otro día ha muerto un muchacho de Alcalá de Henares, empitonado por un toro en un encierro de las fiestas de San Fermín. Los periódicos, digitales o en papel, las emisoras de radio, supongo que las de televisión, han llenado y llenan sus espacios con la noticia. Esta misma tarde, ahora mismo se sigue hablando de ello. No voy a reproducir lo que en esos sitios se dice, lo doy por conocido, todos lo hemos oído o lo hemos leído. No quiero imaginar lo que pueda decirse desde el amarillismo o el periodismo rosa. En el mejor de los casos, rinden homenaje al héroe caído, al corazón noble.

Las mujeres muertas este año por el terrorismo machista han ocupado menos espacio, quizá sean menos importantes. Ningún espacio merecen los condenados a morir de hambre cada día en cualquier parte del mundo. Quizá no importa nada que pueda morirse de hambre. Ni las mujeres ni los inanes eligieron a su verdugo, les fue dado. Cuando ellas eligieron compañía o ellos nacieron no sabían que corrían un riesgo tan extremo. Y no están menos muertos que el muchacho de Alcalá de Henares.

¿En cuántos ayuntamientos se ha declarado luto por la muerte de un albañil, por ejemplo, en su puesto de trabajo? Y ellos, los albañiles, muchos otros trabajadores también, sí corren serio riesgo de morir, aunque, como la mujer o el hambriento, tampoco pueden elegir. El eligió una ciudad, unas fechas, una calle en la que correr delante de unos toros, sabía que su vida se podía cruzar con un asta, murió en el riesgo de su fiesta. Ni siquiera el toro tuvo esa oportunidad, que por la tarde fue alanceado cruelmente y muerto a espada. La carrera es, en realidad, parte del rito de muerte al que se condena al animal. Los que corren delante del toro, los que lo miran o los que, por la tarde, se sumergen en la ceremonia de la corrida participan en un ritual cruel, que recuerda las épocas más oscuras de la humanidad.

No todas las vidas tienen el mismo precio. Se ve en el precio de la muerte. Hay vidas que no valen nada. No sé si confiar en que un día las vidas, todas las vidas, cualquier vida no tenga precio.


Tengo que decirlo: si tengo que lamentar una muerte, hoy elijo la del toro.