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miércoles, 8 de abril de 2020

Covid-19 y la abuela


El covid-19 que nos tiene recluidos es una excusa para hablar de mi abuela. No de los abuelos, de mi abuela, de una de ellas, mi abuela. No se puede hablar de los abuelos en general, se puede, pero no tiene sentido. Hay muchos abuelos como hay muchas personas.
Los abuelos que han muerto abandonados en las residencias de ancianos, porque la lógica del mercado los había convertido en un producto residual. O los abuelos que han sostenido con sus pensiones, muchas veces de miseria, a sus hijos y nietos abandonados por la crisis de 2008. O los que mueren y morirán relegados, porque ya no son útiles ni productivos, en favor de los jóvenes que tienen futuro, como hacen en Holanda o propuso hace días el subgobernador de Texas. O los abuelos cabrones, porque hay abuelos cabrones como hay jóvenes malvados. Aznar es un abuelo y Trump es otro abuelo. El presidente de Hungría es un abuelo. La presidenta de la Comunidad de Madrid será abuela algún día, aunque no le gusten los abuelos. O la gerente del 112 de Madrid, que seguramente también sea abuela, a la que se le muere la gente en sus casas por el coronavirus, tras pasarse una semana llamando a emergencias sin que nadie mande un equipo o una ambulancia al domicilio. Pablo Casado de abuelo, explicándole a sus nietos la hazaña del título en derecho sin haber leído una palabra del tema, o su obsesión por tapar con banderas a los muertos, su obcecación por comerciar con los muertos. O nosotros, yo mismo.
Pensar en los abuelos es también pensar en Felipe González y en Alfonso Guerra. En los obispos de la Iglesia, si los obispos pudieran ser abuelos, que quizás alguno lo sea, pero no lo sepamos. ¿Alguien puede imaginar a Abascal, perdida la prestancia del gimnasio, fláccido ya, tratando de subirse a un caballo? Será patético verlo con su bastón, su paso vacilante y la pistola todavía pegada al sobaco.
Decimos abuelos, pero podríamos decir también abuelas, la señora Thatcher en su día, por ejemplo, aunque en esta disquisición los abuelos arrasan.
Hoy me ha despertado mi abuela. No las noticias de cada día, siempre las mismas, sino mi abuela. Y me ha llevado de la mano a la ducha y luego al desayuno. Y me ha sentado ante el teclado. Por eso estoy escribiendo esto.
Los abuelos son importantes en la vida de uno. Ellos son la lucidez y la memoria.
Mi abuela murió cuando yo tenía diez años recién cumplidos. Nos despedimos un día de finales de diciembre hasta la semana siguiente y ya nunca volví a verla. Murió el cuatro de enero. Fue un cáncer, que derivó en septicemia y se la llevó por delante. Pudo haber sido terrible, porque se trataba de un cáncer de estómago que hizo metástasis rápidamente. La septicemia la libró del dolor y el sufrimiento. Nadie me dijo que había muerto de repente. Simplemente dejé de verla. De golpe la abuela no estaba y todos dejaron de hablar de ella. Veinticinco años más tarde supe dónde se hallaba su tumba y treinta años después puedo visitarla con frecuencia. Y hablamos.
Mi abuela me enseñó a hablar. No era una persona culta, pero me enseñó a hablar. No me me refiero al habla corriente, el habla común se aprende en casa, en la calle, en la escuela, en un internado, en una cárcel, donde sea que esté uno y escuche hablar a los otros. A decir o escribir cosas como éstas que ahora escribo uno aprende en cualquier lado. Lo hacemos todos cada día, todos los días de la vida. No tiene la menor importancia. La escritura, el discurso diario no tienen la menor importancia. La vida es vulgar y las palabras son corrientes y están hechas para decir las cosas vulgares de un modo vulgar. Digo a valorar el lenguaje y a amar las palabras. A entender que las palabras no son inocentes, sino intencionadas. Que hay palabras para zaherir y para honrar, para el amor y para el odio, para el rencor y para el perdón. A descubrir que, más allá de las nuestras cotidianas, hay otros palabras para todas las cosas, incluso las más ordinarias. Que incluso las palabras vulgares, es decir, casi todas las palabras, pueden ser palabras dignas y hermosas si uno las emplea con amor y respeto, para el amor y la tolerancia. A emplearlas con propiedad aprende uno más tarde y no siempre aprende del todo. Escribir hoy, no sólo este texto concreto, se lo debo a mi abuela. Ella me ha traído aquí de la mano y me ha dicho: ni se te ocurra dejarlo. Con su voz firme y dulce. Ni se te ocurra dejarlo. Y en eso estamos.
La vida deja de ser vulgar cuando la traspasa la ternura. La vida merece la pena cuando hay amor de por medio. Esto también lo aprendí de ella, que sólo sabía ser amorosa y tierna, y resolvía los conflictos con una abrazo y la palabra precisa.
Un día, yo debía tener cuatro o cinco años, me agarró para transportarme como si fuera un paquete bajo su brazo. Me había caído jugando en la calle y tenía las manos raspadas y sucias. No lloraba porque había aprendido a no llorar por esas cosas. Mientras me lavaba, me dijo que había la palabra pequeño, aparte la palabra chico, para referirse a alguien como yo. Yo era chico para jugar con esos mozancones con los que jugaba y por eso me caía y me sollejaba. Chico o pequeño. Chico y pequeño significaba lo mismo, pero chico la empleaba la gente vulgar y pequeño era una palabra de los señores y las gentes de importancia, pero significaban lo mismo y yo debía conocer y emplear ambas, porque las palabras son cosas de todos. Me estaba diciendo que el lenguaje no es inocuo, sino una poderosa arma, aunque eso yo lo entendiera mucho más tarde.
Como cuando me enseñó que también estaba la palabra eructo para decir regüeldo. Regüeldo lo empleábamos los palurdos y eructo la decían los señoritos, pero yo debía guardar las dos palabras. Y que nadie me las arrebatara. La palabra es el único bien que se comparte completo sin necesidad de trocearlo. Una palabra es mía por entero, y es tuya por entero la misma palabra, y lo es del pobre y del poderoso. La misma palabra. De una palabra no hay migajas. Hay migajas del lenguaje, si se abandonan u olvidan las palabras. O permitimos que otros nos las arrebaten. Migajas en el lenguaje y migajas en la vida es lo mismo. Por eso suelen ir juntas miseria e incultura. Un analfabeto y un pobre son la misma persona. Una persona sin libertad es una persona a la que han dejado sin palabras.
A la abuela le gustaban los mojicones y me enviaba muchas tardes a la confitería a comprar dos para la merienda. Y me daba uno. O me daba medio si sólo tenía uno. Toma, decía, anda. Un mojicón es como una magdalena grande, pero más esponjoso y dulce. Y me hacía prometer que no se lo diría a mi madre, no sé la razón.
Otra vez me llevó a un bazar y me compró unas gafas de ver. Entonces no había ópticas ni había sanidad pública, los médicos se pagaban al punto o por igualas. Había bazares donde se vendía de todo y aquél vendía gafas graduadas. La abuela decía que parecía tener problemas de vista, seguramente porque leía mucho. Exageraba la abuela: a leer de verdad empecé más tarde, cuando ella ya se había ido y no podía regañarme.
La abuela es culpable de que me interesen tanto las palabras, de que lea y de que escriba, porque la palabra es el único y verdadero patrimonio de que dispongo. Y no tengo que disputárselo a nadie.
Al virus, no, al virus lo vencerán quienes saben de eso, científicos y profesionales de la medicina, pero a los necrófagos sí los derrotaremos entre todos con las palabras. Defendiendo las palabras y defendiendo el significado correcto de cada palabra. Muerte, por ejemplo, justicia, solidaridad, cuidados. Guerra, sin embargo, es una palabra extraña, no estamos en guerra, estamos en una batalla por poder tocarnos.

sábado, 4 de abril de 2020

Luis Eduardo Aute




Estaba mal desde el infarto. No se lo ha llevado el covid-19, a pesar de su voracidad. Se lo ha llevado el corazón, con el que quería tanto. Su forma descarada e irreductible de afrontar la vida. Se equivocaría muchas veces, pero todos nos equivocamos para ser humanos. Amó la vida y amó la libertad, por la que empeñó su vida.
Los de mi edad tenemos muchas referencias musicales y poéticas. Podría hacer una lista y me saldría una docena por lo menos, todos importantes. Pero en mi caso ha habido dos esenciales por razones culturales, emocionales e ideológicas. Uno fue Paco Ibáñez y otro fue Luis Eduardo Aute, por motivos diferentes y por un trasfondo político y poético semejante. A Paco Ibáñez lo conocí a finales de los 60, cuando el Consejo de Guerra de Burgos contra ETA, siendo yo estudiante de Preuniversitario. Me lo presentaron a través de dos de sus canciones a la salida de un ensayo de una obrita menor de teatro de Valle Inclán, otro maldito. Las canciones eran: Soldadito boliviano y La mala reputación. Canciones para fortalecer poéticamente el compromiso con la locura, la rebeldía, la determinación y la resistencia, de las que hablaba tanto León Felipe. Hubo más canciones, claro, hubo muchas, y hubo más cantantes, y hubo poetas, Gabriel Celaya y Blas de Otero entre ellos, pero esas dos canciones quedaron ahí para siempre en el imaginario.
A Luis Eduardo Aute lo reconocí, porque ya lo conocía de antes, pero sin darle importancia, en los agónicos últimos días del franquismo, cuando el mayor genocida de la historia de España puso el enterado en unas sentencias de muerte que llevaron al fusilamiento a un grupo de muchachos, a manos de unos pelotones de borrachos. Lo reconocí cuando supe de Al alba, unos versos mecanografiados que me pasaron, aunque lo oiría más tarde en la voz de Rosa León. La hoja con los versos se perdió en algún mechinal, pero tengo ahí las voces suya y de Rosa resonando todavía, esos versos lentos, con escaso acompañamiento musical, versos casi desnudos, porque están escritos para arropar las desoladas almas de los que sufrimos con la muerte injusta y cruel de un ser humano, de los que creemos, como él, y por eso disfrazó su airada protesta y su dolor de balada de amor, que sólo el amor puede salvarnos de cualquier desastre y construir un mundo mejor, más limpio y más libre. Más humano, donde quepan todos los seres humanos. Luego hubo más versos suyos y más poemas, pero esos se quedaron ahí para marcar un hito, un antes y después, para dar un portazo sangriento a la dictadura.

Al alba, te marchaste al alba.
Llenaste mi cuerpo
con el fuego de tu amor
Y te fuiste al alba.

Ahora se ha marchado él y nos ha dejado huérfanos. La tierra le será leve, porque la tierra lo ama.
Es bueno recordarlo hoy con tantos muertos nuestros amontonándose en las puertas de nuestras casas y de nuestras conciencias. Porque un virus los mata, sí, o los remata, el asesino es un virus, pero en realidad los mata una sociedad que ha optado por deshacerse de los seres humanos para optar por los negocios, ni escuelas, ni ciencia, ni cultura, ni hospitales, negocios. Y hemos permitido que el mundo derivara hacia un agregado colectivo sin códigos ni reglas, donde reina la ley del más fuerte y del más adinerado y triunfa el darwinismo social, en contra de la justicia y los cuidados, que sólo el amor puede darnos.
Luis Eduardo Aute nos hace falta. Por lo menos sus versos. Estos por ejemplo:

Ay, amor mío,
qué terriblemente absurdo
es estar vivo sin tu latido.
Que el final de la historia,
enésima autobiografía de un fracaso,
no te sirva de ejemplo.
Hay quien afirma que el amor es un milagro,
que no hay mal que no cure,
pero tampoco bien que dure cien años,
eso casi lo salva.
Lo malo son las noches que mojan mi mano.

lunes, 24 de octubre de 2011

Ciencia, conocimiento, crisis, amor y otros delirios de un observador demente



No se puede decir que la ciencia, que el conocimiento sea inocuo o neutro. No, no es inocuo ni neutro, tiene contenido ideológico siempre. En unos casos la contaminación será clara y en otros costará más detectarla, pero existe siempre. Se puede hacer una cosa, la contraria y la que se encuentra entre Pinto y Valdemoro partiendo de las mismas premisas, y el resultado de una operación o proyecto será uno u otro, dependiendo de las decisiones y el camino elegido. La elección acaba con la neutralidad.

El otro día alguien trataba de establecer, comentando los resultados de la crisis, que la economía no es una ciencia, porque la contamina la ideología, que una ciencia es aquélla que parte de que 2 y 2 son 4, porque ése es un resultado claro, el único claro, y carece de contenido ideológico. Pues mire usted, no. Desde hace un tiempo es frecuente oír o leer inexactitudes en los foros políticos o de ámbito político, donde la verdad y el rigor se ha convertido en muñeco de pim-pam-pum. Hoy, más que nunca, no interesan el rigor ni la verdad. 2 y 2 no siempre son 4, a veces son 2 y 2, otras 3 y 1, y a veces no se pueden sumar. 2 y 2 son 4, exclusivamente, en un sistema numérico homogéneo donde la suma esté definida de esa manera. Fuera, depende. E incluso depende de la formulación. 2 kg de patatas más 2 kg de patatas son 4 kg de patatas, 2 kg de tomates más 2 kg de pepinos son 4 kg de hortalizas (hemos tenido que homogeneizar los elementos para poder sumarlos), pero 2 judíos y 2 alemanes no son 4 personas para un nazi, sino 2 personas y 2 cerdos. No siempre es la recta la línea más corta entre dos puntos, como bien sabe una hormiga que se desplace por una esfera.

Perdemos tanto tiempo en la descalificación y el insulto que no queda tiempo para el rigor. Si la economía no es una ciencia, habrá que cerrar las universidades, no sirven para nada. Tampoco sirve de nada pensar, seguramente hace tiempo que dejamos de hacerlo.

Si una disciplina dejara de ser ciencia en el momento en que se contaminara ideológicamente, no tendríamos ciencia. La economía no es una ciencia formal o exacta, como las matemáticas, pero es una ciencia de las llamadas sociales porque es un “conjunto de conocimientos sistemáticamente estructurados, obtenidos mediante la observación de patrones regulares, de razonamientos y de experimentación en ámbitos específicos, a partir de los cuales se generan preguntas, se construyen hipótesis, se deducen principios y se elaboran leyes generales y esquemas metódicamente organizados” (Wikipedia dixit). E igualmente dejaría de ser ciencia cualquier disciplina cada vez que se demuestran errores o inexactitudes. La física, por ejemplo, corrigiendo a Newton con Einstein, o las matemáticas corrigiendo a Euclides con Hilbert. Diciendo que la economía no es una ciencia porque está contaminada por las ideas y prejuicios o por sus errores, elegimos un mal camino para combatir la práctica económica neoliberal imperante. Si fuera por los errores, la previsión del tiempo habría que llevarla a los gabinetes de los adivinadores y saldría peor parada que el tarot.

Si las matemáticas fuesen inocuas y no tuvieran contenido ideológico no se podría decir que hay unas matemáticas nazis y otras contaminadas por los judíos, como estableció la academia alemana de matemáticas durante el III Reich.

Cuando se elige investigar en una línea o en otra no se hace la elección con criterios inocuos, con criterios neutros, no hay neutralidad en el conocimiento. ¿Por qué se ha avanzado tanto en las técnicas de acumulación de energías (reduciendo el tamaño de las baterías) y, sin embargo, no se ha avanzado un ápice en las técnicas de captación (las placas solares)?

Cuando EEUU construyó el complejo de Alabama y lo llenó con miles de científicos para estudiar la energía nuclear había hecho una elección: construir una bomba atómica. No daba continuidad a la vieja investigación alquimista por la que cualquier átomo puede transformarse en otro (teóricamente es factible: basta y quitar y poner electrones, neutrones y protones), sino que redujo ese estudio a los átomos de uranio 235 y 238 para construir la bomba atómica. Por cierto, con la contribución de muchos físicos y matemáticos alemanes y polacos. Los alemanes por su parte llegaron tarde por dos razones esenciales: se deshicieron de científicos no adeptos al nazismo y perdieron un tiempo precioso al dedicar recursos a investigaciones y estudios cercanos a la superchería como la teoría del hielo en relación con la tierra.

EEUU, en plena guerra mundial, optó por construir la bomba atómica, es decir, por orientar la investigación por la vía destructiva en lugar de investigar usos pacíficos de la energía atómica. Eligió crear un instrumento de poder y dominio, antes que dedicar recursos en favor de la mayoría. Prefirió el camino de la destrucción del ser humano al de mejorar su bienestar. La física no es neutra ni inocua. Ni las matemáticas, que desempañaron un papel fundamental en el desarrollo de al primera bomba atómica, en la determinación de la masa crítica, así como en las previsiones de la explosión y sus consecuencias.

El camino para la crítica o defensa de la economía es el hombre, la humanidad, cada uno de nosotros.

Hoy un ser humano cualquiera tiene en su mano el poder de destruir el mundo. Eso es un resultado de nuestro conocimiento. Construir una bomba atómica es muy sencillo y eso destruye el mundo. No es inocuo. Y también cualquiera tiene en su poder, tiene en su mano la posibilidad de reconstruirlo y hacerlo maravilloso. Con un elemento del conocimiento tan poco tangible como el amor. Un sentimiento (y, por lo tanto, parte de nuestro conocimiento, de acuerdo con los neurofisiólogos modernos) nada científico, por cierto. Yo puedo matar hombres con una bomba atómica y puedo hacer hombres y hacerlos felices, y ser yo mismo feliz, a través del amor. En mi mano está ese poder. En eso soy como dios. Yo puedo reconstruir el mundo con amor, no hay otra forma. No hay ciencia, no hay conocimiento para reconstruir el mundo sino el que señala el amor. Hay solo un modo de conocimiento para reconstruir el mundo, para reconstruirnos a nosotros, que está, que nos impregna, que forma parte de nuestra esencia, que es el amor. Algo sobre lo que sabemos poco, que estudiamos poco, porque lo damos por sabido y por conocido, cuando es mentira. No sabemos nada del amor. No se estudia en las escuelas y apenas se practica. Se dice que estamos hechos de la materia de los sueños; yo creo que estamos hechos de las fibras del amor.

Andamos confundidos. Practicamos variantes que llamamos amor, pero no lo son. Hacemos cosas que creemos que son el amor, pero no son el amor. Son la dependencia, la entrega, pero no son amor. La simbiosis es el modo de relación más practicada y la llamamos amor. No lo es. Dos se reúnen, se asignan papeles, se hacen necesarios, se hacen dependientes, pero no es amor. Entregarnos a alguien o exigir a alguien que se entregue a nosotros no es amor. La entrega se considera un valor cuando es una tara.

El amor es la molécula de agua (de nuevo la ciencia, química) en la que el hidrógeno y el oxígeno se confunden, forman algo nuevo, pero cada uno de ellos sigue siendo lo que era antes de la unión. Los electrones de las capas superiores se mezclan y recorren sus órbitas. El electrón que antes estaba en el hidrógeno ahora no se sabe donde está, está en el agua, en la molécula de agua, pero no está en el hidrógeno ni en el oxígeno, y, sin embargo, sigue habiendo dos átomo de hidrógeno, un átomo de oxígeno y tenemos un resultado nuevo, que no prescinde de los anteriores, que es el agua. Justamente el origen de la vida. El agua y el sol son el origen de la vida. El sol que desarrolla en su interior todo el poder destructivo de la bomba atómica y que, sin embargo, no destruye sino que da vida.

La naturaleza sí es inteligente, el hombre no es inteligente. El hombre solamente hace uso de su poder para sojuzgar a los demás. Aspira a sobreponerse a los demás, no tiene interés en ser como los demás y cooperar con ellos. La naturaleza tiene firmado un pacto de cooperación igualitaria. Nadie es más que nadie ni nada es más que nada, sino diferentes. La diferencia es la clave para la supervivencia de las especies, en tanto que en nosotros hay ideologías que la consideran una carga.

No es inocua la ciencia. Ni es inocua la literatura. No son inocuos ni neutros los blogs. Ni los periódicos. Las palabras esconden secretos terribles, a veces. No somos inocuos ni neutros los hombres.

No es inocua ni neutra la economía porque su objeto es el hombre económico y los instrumentos de que éste se dota para conseguir los bienes que necesita. Las empresas, los bancos, por ejemplo, entre otros.

No son inocuas ni neutras las empresas. Por las razones generales y porque no son instrumentos al servicio del hombre (aunque digan lo contrario) sino que se sirven del hombre para los fines de algunos hombres. Las empresas son instrumentos de un cierto modo de organizar la sociedad, de un sistema, concebida para la dominación de unos sobre otros, la vieja explotación marxista. Los hombres no son iguales. Son iguales los electrones en la molécula de agua, con independencia de donde procedan. La procedencia o el origen de los hombres determina nuestras diferencias. Ni siquiera nuestros derechos ni nuestras oportunidades son las mismas.

¿Quienes presiden, dirigen, administran los bancos de Grupo Santander? La familia de Botín, sus hijas, sus hijos, sus allegados, sus cómplices, los que le deben favores. Nadie que no sea de ellos tendrá nunca la oportunidad de dirigir o administrar un banco del grupo.

El sistema se reproduce a sí mismo. Genera razones, motivos, argumentos para mantenerse. Lo hace para que estemos cómodos, aunque seamos infelices. Se cuida de crear necesidades que, a su vez, facilitan el mantenimiento del sistema. Te crean, por ejemplo, la necesidad de tener un mes de vacaciones a cambio de exigirte once meses de trabajo. ¿Por qué? Yo quiero doce meses de vacaciones. Es posible un sistema en el que haya 12 meses de vacaciones, es decir, es posible un sistema en el que no se me imponga una forma de vida, en el que no se me imponga el tiempo ni las tareas y no se me impongan, sobre todo, las ideas, no se me impongan los criterios, no se me imponga el futuro ni se me imponga el presente, que el presente lo haga yo, aunque eso me consuma, aunque eso me destruya, qué más da, son míos el pasado, el presente y el futuro, yo soy mi propio dueño. Dejadme, no me digáis que lo bueno es lo vuestro, porque lo vuestro me condena de entrada a once meses de trabajo a cambio de uno de vacaciones, dejadme que me equivoque, que a veces me condene y que a veces acierte. Con lo vuestro estoy condenado siempre, siempre estoy condenado. No me digáis que eso es lo bueno, no, eso no es lo bueno. Lo bueno es equivocarse, porque quien se equivoca es porque ha apostado por un camino que él ha eligido. Lo bueno es meter la pata, porque quien ha metido la pata es porque ha sido capaz de diseñar un camino que después no le ha servido y, sin embargo, ojo, le sirve, porque el camino nos construye. Lo bueno no es nacer, ir a la guardería, ir al colegio, hacer las tareas, hacer los deberes, ir a jugar ahora porque toca, ir a inglés porque toca, ir al campamento porque toca, ir al intercambio porque toca, trabajar 8 horas porque toca, perder 2 horas de transporte porque toca, descansar los fines de semana porque toca, comprar un coche porque toca, embarcarse en una hipoteca y meterse en un piso porque toca, casarse porque toca, sin amor, claro. Todo eso le sirve al sistema. Y en todo este proceso nadie te dice qué es el amor, porque en todo este proceso sólo se habla de para qué sirven las cosas. La economía es una ciencia de la utilidad. El amor no sirve para nada, porque el amor no es para nada, no tiene finalidad. El amor es, no es para algo, no es para nada, es, es lo único que es, el fin se agota en sí mismo. El amor es lo único que es y, por lo tanto, es lo único que conforma, define y estructura la vida. Somos en la medida que es el amor en nosotros. Todo lo demás tiene una utilidad, sirve para algo.

El metro es útil para ir al trabajo, y para sostener a las compañías que nos llevan al trabajo, es decir, empresas cómplices de las empresas que nos explotan. ¿Quién nos hace un favor poniéndonos un metro? ¿Quién me está haciendo un favor con cualquier otro bien de consumo? ¿El que me vende el coche me hace un favor? Ese me obliga a trabajar más. ¿El que me vende la casa? Tampoco. También me obliga a trabajar más. ¿El de las vacaciones? Tampoco. Me vende algo que puedo hacer yo mismo, que hago yo mismo por definición. ¿Pero qué es eso de que alguien me cobre por tener vacaciones si mi vida son vacaciones, si mi vida son las vacaciones? ¿Qué es eso de trabajar? No. ¿Qué es eso de convertir el trabajo en una religión al servicio de un señor que me domina? ¿Qué es eso de decirme que esa religión me libera? No, me esclaviza.

¿Qué eso? Alguien debería decir: acabemos con el trabajo y acabaremos con el sistema. La vida tiene sentido sin trabajo. Las abejas, las hormigas cooperan pero no hacen un trabajo.

¿Cuándo hablamos de amor?

domingo, 6 de marzo de 2011

Diario de Ana

Subtítulo

Apuntes para un relato gótico y simbólico en 25.000 palabras, con ilustraciones ingenuas.


Provisiones


Agua, zumo de naranja.
Café, té, galletas de avena.
Chocolate.
Fresas, manzanas (ahora no hay uvas).


Documentos

El diario manuscrito de Ana (cuaderno Moleskine de tapas moradas).
La tercera oportunidad de las hadas (editorial Redoma de los Sueños).


Paisajes





Isla de Socotra (Yemen)




Paisaje interior 1º

Ana fue un rosetón azul que llegó con el otoño, aunque le guste la primavera y surgiera con las luces lánguidas del invernal febrero. Hay un mar que guarda una fotografía de Ana en la orilla. Y una montaña, que apenas descolla sobre la bruma.


Paisaje interior 2º

Ana se dejó olvidados los abrazos al traspasar la frontera. La frontera es esa raya que una traza con tiza en el suelo, con tiza o con sangre, quién sabe, y un buen día atraviesa de un salto, como Alicia cuando atravesó el espejo. Muchos otros también los olvidan, pero los reencuentran con el primer abrazo. Ana tampoco recuerda el primer abrazo, quizá nunca supo dárselo. Abrazar es la primera ceremonia amorosa, lo primero en el amor es un abrazo. Ana está deshabitada de abrazos.



Ilustraciones

Leones en las nubes (negras, pesadilla), gatos marramizando en los tejados (estéril melancolía) y cerdos hozando en la dehesa (ha muerto San Martín).


Mitología

Precursoras de la tres brujas de Macbeth y de las parcas: Cloto, que hila la hebra de la vida; Láquesis, que mide el hilo de la vida, y Átropos, que elige la forma de la muerte y corta el hilo. Dios: Momo, hijo, como ellas, de Nix, la noche.


Citas


"Dicen que los ogros desayunan abrazos. Los niños pasaban el día asustados". (Libro de los cuentos tristes, Ed. Montena)

"Los muertos no saben cómo enterrar a los muertos". (Libro de los destinos trágicos, Ed. Seix Barral)


Referencia paramnésica

Aquel año del surgimiento no había abrazos y Ana se vio huérfana de ellos.


Diario, fragmentos, transposición de la última semana, con comentarios y anotaciones

Tengo una amiga que quiere escribir en la ventana, anota Ana en su diario. ¿En la ventana? En la ventana, quiere escribir en los cristales de la ventana, y el amo de la casa baja la persiana o borra sus palabras.

No puedo escribir en la ventana, dice mi amiga, anota otra vez Ana entre interjecciones, como quien anota un grito o lo pronuncia, han puesto una reja que hace inaccesible la ventana.

¿No puede escribir?

No puede escribir, dice que no puede escribir, que limpian el vaho de los cristales, le corren las cortinas, le bajan las persianas, desplazan la ventana hacia lo alto de la casa, no hay escalera para alcanzar la ventana. No puede escribir en la ventana.

¿En qué ventana?


En la ventana. Sólo hay una ventana.

(Se mezclan en el diálogo el escritor, Ana y el Diario. Es difícil saber quién pronuncia cada frase en cada caso. La voz del Diario es grave y sorda).


En la ventana, sólo hay una ventana. Hay una ventana para asomarse al pasado, una ventana que mira hacia el futuro y una ventana para airear salones y cuartos, para expulsar a los fantasmas. Las ventanas del futuro y del pasado suelen ser la misma ventana, aunque parezcan distintas son la misma ventana, por eso el horizonte es un daguerrotipo ante un espejo cóncavo.

…...................

Hay una ventana donde reposan los sueños desbaratados. No la dejan escribir en la ventana. El señor de los muros tacha, le borra los mensajes. Puede mirar a su través, pero no puede escribir en los cristales.

…...................

Cuando edificaron la casa, ella soñó las habitaciones, eligió la pintura, escogió y distribuyó los cuadros. Imaginó el rincón donde siempre hubo un piano, pero pusieron un trofeo. La ventana era un ojo hacia la memoria de los gatos en tanto escuchaban desde el tejado la melodía del último ensayo ante el teclado. La casa llenó sus rincones de trofeos. Y ahora no puede escribir en la ventana. Sólo quiere escribir en la ventana. Que lean sus mensajes. Sólo quiere hacerse oír cuando habla.

Desde que fuera expulsada sólo quiere escribir en la ventana.

…..................

Páginas atrás del diario, hace dos años:
En mis sueños hay un caballo alazán que piafa y relincha. Me derriba y me arrastra enganchada al estribo. Me arrastra, me arrastra,...

Anhelo el caballo blanco como el blanco caballo de los cuentos.

….............

Páginas atrás del diario, hace un año:
Fortaleza, alcázar, castillo, coraza, malla, castro, bastión, fortín, alcazaba, fortaleza, muralla, baluarte, caparazón, coraza, frontera,...

…..............

Tengo una amiga que quiere escribir en la ventana.

¿Qué amiga?

Mi amiga. Sólo tengo una amiga a la que impiden escribir en la ventana.

….............

El amor es un contrato. Hay que firmar un acuerdo para que no sea un desierto la cama. En la cama no hay abrazos.

….................

¿Cómo se llama tu amiga, Ana?

Ana.

Ana escribiría sobre la ausencia de abrazos, pero no la dejan escribir en la ventana.

…...............

La soledad es el mausoleo donde Ana alimenta los fantasmas.

…..............

No hay paraíso sino fábula. Ni siquiera soy personaje en la fábula. Me expulsaron de la fábula. Escribir en la ventana es construir la propia fábula.


Ilustración última


Abajo, en el centro de la página, una alcancía blanca. En su interior se guarda un abrazo. Hay un rótulo: para Ana.


Final


Ana ante el espejo. Se peina, se ajusta la ropa y se coloca la carga sobre los hombros. La amiga se desvanece y se disuelve en el fardo. El bulto es un embalaje lleno de fantasmas. Hay una relación de muertos, están los muertos del cementerio insepulto. Esboza la mueca de una sonrisa. Mañana ella también será un fantasma.

jueves, 24 de septiembre de 2009

Te quiero


Orquídeas de montaña



Te quiero, pequeña.
Te echo de menos y te necesito.
No en el sentido de tenerte ni de que me tengas, de colgarme de ti o de que de mí te cuelgues -no me gustan las perchas-, de engancharme o de que te enganches. Te quiero libre. Pero te quiero. Soplo, brisa o viento cuando quieras agitarte y agitarme. Huracán que sacude o arrastra el universo cuando quieras poner al mundo a tu servicio. Río impetuoso, y laguna.
Un vals, si fuera baile, o clave de fa sostenido si se convocara el congreso de dedos que indagan y exploran en un pentagrama de horas. O el último suspiro del día o de la noche, en el que los brazos son alas que ascienden y se pierden en la oquedad de la fragua en la que Venus se abrasa.
No te quiero para mañana, mañana será mañana, mañana no existe, para ahora mismo te quiero, para este instante nada más. Nada más allá de este instante luminoso. El futuro es el velo de la nada. Este instante, ahora, el instante sucesivo y eterno. La eternidad es este minuto prolongado.
Te quiero sin etiquetas, novia, amiga, compañera, amante son palabras; sólo te quiero, con el traje que te pongas te amo. Tu traje.
Lo que se llama amar en el diccionario del corazón del alquimista, mi diccionario, donde no hay registro de la propiedad ni funcionarios. Sin inscripciones, sin contrato. Sin reglas, sin más intermediarios que el propio corazón, que es sabio. Y el único contrato que escribimos cada día porque queremos sobre papeles de abecedarios e innumerados almanaques .
Sin más lenguas que las manos.
Sin más lápices que las lenguas.
Sin más testigos que las almas vacías de los lápices.
Puedes entrar o salir, estar o no estar, ir, regresar, nunca huir, subir, bajar, morder desesperadamente el reloj solar o poner sobre la luna sábanas de lino blanco. Compartir apartamento en París o proponer una aventura al raso. Ser gaviota con Juan Salvador o gota de agua en el océano inmenso.
Morirte conmigo, como solo puede morir dios en el acto de crear las amapolas.
No te reclamo en mi viaje, aunque tienes un asiento a mi lado. Ni me exijas un puesto de antorcha o de sostén a tu lado. Para todo eso hace falta un billete que uno ha de adquirir libremente.
Vivir es un recorrido solitario que podemos transitar juntos si aceptamos que el camino no está hecho, sino que tenemos que hacerlo con el material violeta de los abrazos.
El orgasmo es el medio que tenemos para encontrarnos con dios los humanos. El buda no tiene más lenguaje que su carne.
No necesito a nadie en mi torno de alfarero. Ni tú necesitas a nadie. Pero podemos confundir nuestras manos y moldearnos juntos sin saber con qué barro trabajamos. Quiero que lo hagamos juntos si quieres que lo hagamos compartidos.
Me gusta tu compañía, me bendice, me sustancia en la charla o en el debate. En el silencio me hace sabio. Me disuelve y me define en la copa de vino que tomamos despacio, sin palabras. Quiero hacer lo que quiero hacer y que tú hagas lo que quieras hacer, sin que nadie condicione a nadie, como lúcidos amigos, camaradas o pioneros por saber qué hay al otro lado. Nunca como enemigos, aunque nos tiente la distancia.
Quiero el reto común, el sueño de París, los sueños que imaginas e imagino.
No quiero que me traigas ni me lleves, ni quiero traerte o llevarte. Pero te quiero. Quiero ser tu silla algún día si algún día quieres sentarte. Quiero que seas mi oído algún día si algún día necesito hablarte. Quiero que me llames idiota cada vez que te parezca idiota: no soy, al fin, sino el cuerdo tonto que te mira.
Con derecho a equivocarnos.
El desencuentro, no. Ni el egoísmo. Aunque está tu egoísmo y mi egoísmo. Y está, también, la ternura que los borra.
Te amo, pero no estoy enamorado. Ni de ti ni de nadie. Enamorarse en echarse en las manos de otra persona y desentenderse de las propias. Ama quien no espera nada a cambio. Enamorarse es la ilusión, la fantasía del confundido, de quien cree que ama, aunque no ame, entregado a ser adorno, si hace falta, a ser carga o a cargar, protector o dependiente. Aunque, a veces, sea también tu escudo y tu cota de malla.
Tendrás que decirme ¡despierta!, cuando me veas dormido, o empujarme cuando me domine la pereza. Amar es una actitud activa que no admite somnolencias.
No soy perfecto, estoy hecho de retales, carne y hueso desechables, pero dulces. Arcilla que pasa por mis manos y que a las tuyas, también, se entrega para hacerse.
Te quiero, pequeña.
Confiar la vida no es entregar el alma.

Necesito un beso urgentemente, ahora mismo, por ejemplo.



(Las plumas de las águilas, Diario apócrifo de Madrid, fragmento)

domingo, 31 de mayo de 2009

Escrito en el metro





Esto lo he escrito esta mañana (aclaro en el paréntesis que se trata de la mañana del viernes), en el metro, entre sus movimientos, sus traqueteos, arranques, paradas, cambios de línea, la monotonía de sus ruidos, sus olores, de pie, sentado,… apenas sin interrupciones. Me ha salido con una letra menuda, muy menuda, atropellada, que he tenido que adivinar al releer y pasar a limpio en el ordenador. Siempre llevo una hoja de papel en blanco, cuidadosamente doblada en octavillas, donde anoto. Luego surge un poema, un relato, una reflexión. En esta ocasión son dos hojas recicladas de la oficina, del viejo manual de riesgos laborales. Hubo períodos en mi vida en que estas hojas se acumularon. Y resultaba gracioso releerlas con el paso del tiempo, cuando la emoción que las produjo ya estaba lejana.

Lo que aquí se copia es el resultado, entonces, de una mañana efervescente de viernes. Se hace alguna pequeña corrección, algún añadido aclaratorio y se suprime algún párrafo que queda para otro día. Con esto vamos más que servidos.

Recuerdo lo que escribí en la 1ª o 2ª entrada del blog. Efectivamente, esto es una forma de desnudez. Y quizá por eso uno calla o matiza hasta desvirtuar o desvirtuarse en algunas entradas. Todos los blogs son una forma de desnudez. Todos. Hasta los más anodinos. Hasta los menos personales. Los de noticias, los de astronomía, los de cocina también son una forma de desnudez. Las palabras nos traicionan. Por sus intersticios nos derramamos. Sin darnos cuenta. Bastaría que alguien fuese capaz de leer en ese derramamiento. Como quien aprendió a leer el destino en los posos del café. Cada página del blog es como una fotografía, el retrato de un instante o una serie de instantes. Si uno sigue un blog, puede esbozar la trayectoria vital de su autor. Algún aspecto de su personalidad, al menos, que, si se observa con perspicacia, acaba por ofrecer un retrato que al mismo autor le sorprendería.

Así que decido olvidar que puede haber alguien al otro lado. Si nadie me lee, puedo escribir como si anduviera en cueros por mi casa cuando estoy solo. ¿Me entrego, entonces, a esa otra forma de entender el blog: la exhibición? No sé. Uno también se exhibe. Se desnuda y se exhibe. No sé si como terapia o como llamada de atención, por regeneración o súplica, por reconstrucción o como grito de socorro ante quien tiene el poder de ayudarnos, aunque la mejor ayuda, de necesitarla, siempre está en nuestra propia mano. Estamos en reconstrucción. Nacemos y morimos cada día. Operamos sobre nosotros cada día para cambiarnos, para superar nuestras limitaciones. Ejercemos de alfareros. Dejamos de ser para ser otro, sin dejar de ser el mismo, probablemente.

Recuerdo un viejo debate que nos propuso el profesor de filosofía en bachillerato, o sea, hace 40 años. Decía: cualquiera puede definir el caballo, sabe qué es un caballo. Si le corto una pata, ¿sigue siendo un caballo? ¿Y si le corto dos? ¿Y dos y el rabo? ¿Si le corto la cabeza? ¿Cuándo un caballo deja de ser caballo? Sin una pata o dos patas es un caballo cojo. Así que ¿cuándo deja de ser un caballo? Es más: ¿cuándo deja de ser ese caballo? Si muere, decimos que es un caballo muerto, o sea, que sigue siendo un caballo. ¿Ya no es ese caballo una vez muerto? Si cada día me reconstruyo, me transformo, ¿cuándo dejo de ser yo para ser otra persona? ¿Hasta qué punto soy otra persona? ¿Qué hay hoy en mí de aquel adolescente que intervino en ese elemental debate? También me podría preguntar: ¿cuándo empezó a ser caballo y cuándo empezó a ser ese caballo? Es decir: ¿cuándo empecé a ser hombre y cuándo empecé a ser yo? ¿A dónde me dirijo? ¿A mi transformación? La mía, la personal. ¿A la transformación de la humanidad? ¿Hacia otro hombre o sólo hacia otra persona? Los primates devinieron en hombres porque alguno de ellos, algún día, operó el primer cambio irreversible que habría de transformarlos definitivamente para dar lugar a una nueva especie. El cambio de todos requiere el cambio de cada uno de nosotros. Es verdad que sigue habiendo primates y es verdad, también, que aquí estamos los hombres.

En medio de esa reflexión está Darwin, como es lógico. Y están Parménides y Heráclito, la trascendencia, la vida o las vidas, el sustrato de lo que, en realidad, somos y el paraíso hacia el que nos encaminamos, el marxismo, Plank, Einstein,…. Y podríamos acabar reflexionando sobre el aborto o sobre el testamento vital, el derecho a vivir o a morir, a elegir nuestra vida o nuestra muerte. Tal vez sea otro día. Hoy me interesa la naturaleza de las preguntas. Quiero saber por qué me hago estas preguntas, si me interrogo porque me interesan esos temas. Y creo que no me interesan en absoluto. En realidad, me intereso por mí mismo. Platón no se interesaba por el hombre, se interesaba por su identidad. Platón le preguntaba a Platón y trataba de encontrar respuestas para Platón. Siempre ha sido así, siempre será así. Los alquimistas siempre fueron, en ese sentido, más honestos: sólo se interesaban en sí mismos, en su transformación personal. Claro que toda transformación individual acarrea la colectiva, y la colectiva induce la individual. Quizá no sea posible la una sin la otra (Marx y Plank de nuevo).

Lo digo otra vez: sólo me intereso por mí mismo. Tal vez por eso me he puesto a escuchar con especial atención estos días. Y he descubierto que el universo está lleno de silbidos. De esos de los que alguna vez debió emitir la Bacall. Signo de que estamos solos. O de que nos sentimos solos. Absolutamente solos. O signo que de andamos con antifaz sobre los ojos del alma. Y no vemos. No estamos ciegos, andamos ciegos. Nos vemos solos, y lo estamos, ciertamente, pero no desolados ni abandonados. Nadie puede comer nuestra comida, beber nuestra agua, vestirse por nosotros, respirar por nosotros, hablar en nuestro lugar con nuestro perro, nacer o vivir por nosotros. La vida es una tarea solitaria, pero no estamos condenados a la soledad, soledad no es calidad de solo. Estamos en nuestras manos. Somos alfareros y la arcilla es la materia de la que estamos hechos. Bien lo sabían los viejos alquimistas, aunque siempre fueran vistos como personajes oscuros. A mí me parecen luminosos. Algunas veces, sin embargo, en medio de toda esta retórica, lo que uno quiere, en realidad, es que el aire que respira solo llegue impregnado de algunos amados aromas y por eso silba.

Creo que el amor es la única realidad que nos gobierna y de la que solemos huir despavoridos. Y nos asimos desesperados a subproductos. Queremos pero no amamos. Hacemos el amor pero no amamos. Y, claro, vivimos historias de convivencia o tenemos amantes. Pero no amamos. No queremos sentirnos concernidos. Nos compromete. Amar es fusión y confusión. Es decir, unión y mezcla hasta hacer desaparecer los perfiles personales, sin que uno desaparezca. Uno es uno más que nunca, más que nunca tiene identidad propia y más que nunca se diluye en el otro, al tiempo que el otro se diluye en uno. Y no me refiero sólo del amor de pareja, aunque piense esencialmente en él y sea éste su paradigma. El amor nos reconoce como individuos más que nunca, nos dota de importancia más que nunca, nos entrega la calidad de solo más que nunca, pero nos libera de la soledad. El amor construye una trama de complicidades que reúne y mezcla pero no confunde. Nada es posible sin amor. Sólo la destrucción, como sentencia Aleixandre.

El amor no duele, no hace daño. Duele la confusión. Duele la práctica, la mala praxis, el error en el concepto. ¿Qué puede esperarse de las medias naranjas? El amor es esencialmente indoloro. Pero lo confundimos, nos confundimos. El registro civil es un registro de la propiedad. Nos apropiamos del otro. Nos apropiamos de la relación. Por eso duele. Duele lo que se pierde. Y nos aterra porque nos cambia.

Amo. Lo sé. Hoy lo acepto. Lo exalto. Y me regocija. Me ilumina. Y es posible que no me amen. También lo acepto. No sería amor mi sentimiento en otro caso. El amor no pide nada a cambio. No pide nada. Esa es, también, su esencia. Me siento liberado, ligero, como si pesase menos, navegador cristalino del espacio y del tiempo. Amar no es imponer. No se impone el amor ni la presencia ni el recuerdo ni la imagen. Sólo se ama.

Erich Fromm reflexionó sobre este sentimiento.

Amo a mi hijo, por ejemplo, pero puede que él no lo sepa. Amo a una mujer, pero puede que ella no lo entienda. Pueden ambos estar confundidos o puedo estar confundido yo, podría no amar al uno ni a la otra. Podría estar cobijándome, refugiándome, es decir, engañándome. Ahí nace y anida el dolor, en la confusión.

Cuando salgo siempre llevo un libro en el bolso. Junto con las octavillas y el lápiz o el bolígrafo. Y leo en el metro o en el parque. Hoy no he leído, he escrito. Y he agotado mis octavillas. Se ve que necesitaba vaciarme. Más que nunca estoy escribiendo para mí mismo. Para entender y entenderme. Escribo con bolígrafo sobre el libro que no he abierto, aunque los instrumentos que más amo son el lápiz y una estilográfica. Hace tiempo que no tengo estilográfica, desde aquella Montblanc que me regaló un profesor en bachillerato por mi buen latín o la Parker que perdí, encontré y volví a encontrar y a perder. Me gusta el punto y el tacto de la Parker. O me gustaba. De la Parker 21. Cómo se desliza. Aunque he probado con otras muchas, incluso rotuladores, como los modernos Pilot. Pero ninguno me gustó. Siento el lápiz y la pluma como parte de mí mismo, como mis propios dedos. En el ordenador escribo, pero no directamente. Antes lo hago sobre el papel. Tampoco me gustaba la máquina de escribir, aunque recuerdo con afecto mi vieja Olympia, aunque sólo la usaba para pasar a limpio.

Habría que hablar de brujos, de realidad y fantasía. De ciencia, de modos de indagar alternativos. ¿Hasta qué punto lo que llamamos realidad no es fantasía? O confusión. ¿No nos engañan nuestros ojos o nuestros oídos? ¿O no nos muestran, al menos, sesgada la realidad? Cuando nos abrimos inocentemente, como hacen los niños, cuando ponemos en marcha nuestra imaginación y nuestra capacidad de asombro, ¿no nos acercamos a la realidad más que de ninguna otra manera? Habría que hablar de las religiones como mito y/o superstición, de la ciencia como dogma, aliadas consustanciales de una forma de ejercer el poder.

Pero al final de todo esto uno siempre vendería su alma por la persona que ama. Por la persona concreta que viste pantalón vaquero y camiseta y se deja la melena suelta. El mundo es azul por esa causa. ¿Acaso no es transformador perderse en su nariz o en su oreja izquierda, por ejemplo? ¿No es revolucionario?


Cuando empezaba a trasladar las octavillas al ordenador, una amiga me recordaba en un correo que escribir es un acto de amor. Lo dijo Onetti en alguna parte, sí. Seguramente es verdad. Comer también es un acto de amor. Y reír, barrer, mirar el cielo,…. cualquiera de nuestros actos puede devenir en acto de amor. Es la actitud. Lo dice el zen, he podido experimentarlo, y lo explica perfectamente Osho, aunque refiriéndose a la meditación, en algunos casos, y a la creatividad, en otros. En el fondo, amor, creatividad y meditación son exactamente lo mismo. O están hechos con los mismos materiales de los que se hace la vida, nuestra arcilla. Y no hay otro hacedor que nuestras manos.