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martes, 15 de mayo de 2012

Empanadas de carne


Ramón, El País, 14/05/2012


Ingredientes

2 paquetes de hojaldre (cada paquete contiene dos láminas)
400 g de carne picada (ésta es mixta, vacuno y cerdo)
100 g de panceta veteada
2 cebollas grandes
1 pimiento rojo
1 pimiento verde
Salsa de tomate (al gusto)
Aceite de oliva, sal y pimienta

Elaboración

Picar finamente la cebolla y los pimientos. Picar muy menuda la panceta. Si la carne no fuera picada, trocearla muy menuda o en pequeñas láminas, del tamaño de medio bocado.

Pochar la cebolla e incorporar los pimientos. Añadir la panceta y la carne. Salpimentar. Darle unas vueltas hasta que la carne se vuelva pálida. Añadir unas cucharadas de salsa de tomate (ojo, sólo unas cucharadas, no se trata de hacer carne con tomate).

Colocar sobre la bandeja las dos láminas de hojaldre y distribuir la zorza sobre ellas, dejando libres los bordes. Humedecerlos ligeramente. Cubrirlas con las dos láminas restantes y pegar los bordes. Sellar, haciendo un cordón con ellos.

Pinchar ligeramente la lámina superior. Batir un huevo y pintar la superficie de la empanada.

Introducir en el horno, previamente precalentado a 180ºC. 25 minutos o hasta que dore la superficie exterior.

Comentarios

Repaso las notas de la receta, dispongo los ingredientes sobre la encimera y me apresto a la tarea. Anoche me explicaron en casa los detalles y yo tomé estos apuntes.

Me he levantado temprado. Esto podría estar sucediendo hoy, martes, 15 de mayo, día de San Isidro, patrón de Madrid. Yo podría estar preparando unas empanadas de carne para compartirlas en la pradera del santo, en la ribera del Manzanares, con algunos amigos, pero no participo de tradiciones chuscas. Así que esto, en realidad, está sucediendo el sábado, día 12 de mayo. El grupo de amigos, que nos reuniremos a media mañana para pasar el día debatiendo sobre el futuro de nuestra universidad abandonada, nos hemos distribuido las aportaciones alimentarias, y a mí me ha tocado esto. Otros llevarán agua; otros, croquetas; otros, filetes empanados; otros, fruta; otros, sándwiches,... Podríamos debatir sobre cualquiera de las 17.500 propuestas que ha ido elaborando el movimiento 15M a lo largo del año, pero hemos decidido hablar de nuestra universidad, que no sabemos cómo aguantará el año que viene. Aunque algunos periódicos de la derechona española tiene de nosotros una idea un tanto extraña: dicen que somos malos estudiantes. Malos estudiantes... Mienten, y lo saben. Se atreven a decirlo desde un periódico, cuyos profesionales más significados apenas han terminado el bachillerato. Se atreven a decirlo unos pésimos estudiantes, que no fueron capaces de concluir estudios superiores, pero encontraron fácilmente el camino del pesebre de la caverna. Y hablan con la lengua del pesebre.

Mienten y lo saben. Aunque no mienten sólo en esto. Mienten en todo. Sobre el origen de la crisis, sobre sus causas. Sobre la naturaleza del sistema. A falta de argumentos, usan como argumento la mentira. Se han instruido en la escuela de Goebbels. Perdón, quería decir en la escuela de Fraga, una especie de parvulario goebbelsiano. Saben que, si el sistema cambia, ellos acabarán entre sus escombros.

Gallardón se sienta estos días con el padre de Marta del Castillo para hablar sobre la cadena perpetua revisable. Nadie se sienta con científicos, investigadores, profesores ni estudiantes para hablar del saber, de la ciencia, del estudio. Prefieren a los jóvenes en la cárcel a los estudiantes en universidades e institutos, dan todas las facilidades para encerrarlos pero se niegan a que nos “condenemos” a ser estudiantes perpetuos. Prefieren la mano de obra al conocimiento. Quizá porque el conocimiento es lo único peligroso.

Desde ayer, la intranquilidad me ocupa. Aunque es una intranquilidad serena. No sé si podrán decir ellos lo mismo. Ellos son Aguirre, Rajoy y la delegada del gobierno, entre otros, que nos han amenazado con el infierno si permanecemos en Sol más allá de las 10 de la noche. Y nosotros vamos a quedarnos en Sol hasta después de la medianoche. Sol es el ágora. Sol será el símbolo de la libertad y la democracia. Sol vencerá a los viejos símbolos del sistema: la imposición -o la represión- y el mercado, aunque de momento el sistema tenga en Sol dispuesta su Hidra. Un día todos nos llamaremos Hércules y haremos nuestro trabajo.

Mi padre dijo anoche: ponte mañana zapatillas de deporte. Y como lo miré con perplejidad: tú póntelas. Mi padre quiere decir que, en cualquier momento, soltarán a su tropa de cafres para explicarnos qué entienden ellos por orden. Me pondré zapatillas de deporte, pero no saldremos corriendo, no tenemos prisa para llegar a ningún sitio, ya estamos donde queríamos. Y ya sabemos que ellos también usan la porra como argumento. Y el miedo. Pero nosotros hemos perdido el miedo, cuando supimos que el miedo era la única carga sobre nosotros.

Cuando estoy a punto de cerrar la última empanada, aparece mi padre restregándose los ojos y me dice con espanto: pero ¿qué haces? Supongo que porque me he desviado de las instrucciones de la receta. He colocado la cuarta parte de la zorza sobre cada oblea de hojaldre y las he ido cerrando una a una sobre sí mismas, como si fueran grandes empanadillas. Cuando nos salimos de las instrucciones, la gente nos mira con espanto, incluso nuestros padres. Ese es el fundamento del sistema: las instrucciones.


NOTA:

Esta historia me ha llegado hoy. La publico hoy. Puede ser la historia de un chico o una chica el día 12 de mayo. A algunos los detuvieron. A algunos los maltrataron, porque la circuitería del maltrato es la única que tienen activa en el cerebro algunos personajes con uniforme. Y porque la circuitería de las órdenes es la única activa en el cerebro de los políticos de la derecha. Una muchacha que detuvieron esa noche ha dicho: “Cuando cruzar la calle es ilegal, un país se va al garete”. Pues eso. Antes de que el país se vaya al garete, nos sentaremos ante el Congreso de los Diputados, hasta que veamos salir a sus 350 ocupantes holgazanes, y los ciudadanos convertiremos la política en asunto propio.

domingo, 2 de octubre de 2011

Basta


Juan Genovés, acrílico, 1976


Una vez un hombre,
un hombre cualquiera,
tú, por ejemplo,
o yo mismo,
una vez, digo,
ese hombre,
tú o yo,
no importa el sexo,
la V o la M del formulario,
cualquiera de nosotros,
una vez,
un día,
un hombre,
uno cualquiera,
mañana,
en este momento,
uno cualquiera,
una vez,
levantará la mano
y gritará basta.
¡Basta!
¿Ha dicho basta?
Ha dicho basta.
Ha dicho basta.
Ha dicho basta.
¡Basta! ¡Basta! ¡Basta!
Lo ha dicho claramente:
basta.
Con la voz de un pobre y viejo Gandhi.
Con los huesos reconstruidos de Gandhi.
Deletreadlo:
be, a, ese, te, a,
basta.
Escribidlo:
basta.
Los hombres escriben “basta”.
Con su sangre
en la calle,
en Sol,
basta.
Una marea humana grita “basta”.
Basta, basta, basta.
Indignados, hartos.
En sus corazones escriben “basta”.
Con letras grandes,
basta.
Con letras diminutas,
en un grano de arroz,
basta.
En Sol escriben basta
y se quedan a vivir.
Vivir en Sol
es decir basta.
Ocupar las calles,
basta.
Hombres recios
y hombres leves,
hombres altos
y hombres bajos.
Basta.
La primera palabra
a través del vientre de las madres:
basta.

Una vez, un hombre,
un hombre cualquiera,
tú o yo,
no importa el sexo,
importa el hombre,
el varón o la mujer,
una mujer es más que un hombre,
un día, un hombre
se pone en medio del campo de batalla,
ante un tanque,
uno cualquiera,
ése por ejemplo,
alza la voz y dice:
basta.
Y ahí se acaban todas las guerras.
En medio de Wall Street,
es decir, ante la muralla,
frente a una moneda,
frente al euro
o frente al dólar,
da lo mismo,
están hechas del mismo metal desalmado,
alza la voz y dice:
basta.
Y ya no hay que ocuparse de Haití ni de Somalia.
En la cárcel,
y se caen todas las rejas.
En el campo,
y se desvanecen las murallas.
En la escuela,
y se resquebrajan las cerraduras de todas las puertas.
En el metro,
y se abren las entrañas de la tierra.

Un día un hombre,
uno cualquiera,
tú, por ejemplo,
no me mires,
tú, sí, el hombre,
un entramado de huesos
con armadura de carne,
retales de arcilla,
casi nada,
arrebata la libertad
a quienes la administran
y dice:
es mía,
es nuestra,
es de todos.
Y añade:
basta.
La libertad es la única propiedad privada.
Quien dice libertad dice democracia.
O dignidad.
Dice:
hombre.

Basta.

jueves, 30 de junio de 2011

Pensamiento único


...y a Serge Latouche, Matthieu Ricard, Thomas Piketty, Carlos Taibo y José Luis Sampedro, por ejemplo.

lunes, 17 de agosto de 2009

Mi incompetencia





Aquí hemos hablado de París. Y nunca hemos estado en París. Parece mentira qué gran capacidad la nuestra para hablar de lo que no conocemos. Claro que hay quien habla de dios y nunca lo ha visto, del paraíso y nunca lo ha visto. Y probablemente nunca lo vean. Como se habla de las vacaciones en las Islas Scheyselles o en Cancún, guiándose por un pobre folleto o la palabra de un vendedor cuyo viaje más inquietante fue un viaje en metro leyendo una novela de Agatha Christie.

Uno comprueba estos días una sensación que viene de lejos: la de vivir en un mundo de imposturas, mediocre, de habitantes mediocres, impostores, anodino, en el que los de siempre siguen actuando de la misma manera para conseguir las mismas cosas que han conseguido siempre. Quienes pretendían o pretendíamos cambiar todo este estado de cosas nos comportamos de un modo similar al de siempre, con los mismos tics, los mismos vicios, sin ninguna capacidad autocrítica, anclados no en utopías sino en dibujos de utopías, en bocetos de utopías que pudimos tener al alcance de la mano y que, por nuestra torpeza, nuestra vileza, nuestro egoísmo, a veces, o, simplemente, porque nos equivocamos, se nos fueron de las manos y fuimos incapaces de buscar nuevos caminos para alcanzar esas utopías. Y, lo que es peor, seguimos anclados en las mismas trincheras que nos condujeron a la derrota. Recurrimos a las grandes palabras para sostener las grandes palabras. Además de tontos, mezquinos y miserables. Las utopías están escritas, lo que no está escrito son los caminos.

Vivimos en un mundo de vendedores, todo está en venta, sólo interesa lo que se vende. Se venden palabras, obras, proyectos. Hay consumidores, no hay personas. Se vende, por ejemplo, una arquitectura de grandes gestos. No hay una concepción de los ámbitos para los ciudadanos. Uno mira en torno a cuanto se vende y promociona en la radio y los periódicos, por ejemplo, y se da cuenta de que las novelas, la música, el arte, en general, forman un círculo de complicidades en el que todos promocionan a todos: el locutor de radio al escritor por vínculos de amistad u otros inconfesables –que también existen-, la editorial o la editora musical que imponen un título a cambio de cubrir los gastos del programa. Se disfraza de publicidad lo que no es sino mera propaganda. El director que impone un comentarista porque duermen juntos, regular o puntualmente, el otro o la otra que van de mantenidos. Un mundo cerrado de vendedores para vendernos un modelo y un producto. Venta miserable. Recuerdo cómo un año una editorial preparó su premio de mayor prestigio: algunos conocimos al autor y la temática de la novela antes de ser escrita; con la concesión del premio, sólo conocimos el título, lo demás se sabía seis meses antes.

No hay de verdad valores, no hay de verdad valores. Por parte de nadie. Ni de los de siempre (perdón, ellos tienen sus valores de siempre) ni de los pretendidos revolucionarios. Todo el mundo habla de valores pero nadie consigue encontrarlos, andan por ahí, tal vez despistados, mezclados con los calcetines por los cajones. Disueltos en la pereza y en la ignorancia.


Bien, pues, en medio de todo esto, un poco en la desesperanza –pasajera, claro, porque uno echa mano de París, en último caso-, recorriendo el universo bloguero, se topa como otros días con la entrada de María Jesús. Y lee un texto espléndido que, a muchos, sólo por su forma y su sosiego, debiera sonrojarnos, porque no pasaríamos del aprobado en un ejercicio de redacción. Un texto espléndido, espléndido, con un lenguaje sencillo, preciso, maravilloso, en el que viene a decir que vivimos en un mundo miserable (de ese que he dado algunas referencias), que ella no entiende (yo, tampoco). Y que, en el fondo, en medio de esa miseria, el único problema, el único de verdad, es que no escuchamos a la higuera. La tenemos ahí, la usamos, pero no la escuchamos. Siempre andamos confundidos: llamamos higos a sus hijos. Un texto espléndido. Gracias, María Jesús. (Y todavía hay gente que me dice cómo puedo asegurar que mi perra es mi mejor maestra. ¡Ignorantes!)