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sábado, 15 de mayo de 2021

Covid-19, Basta



Mañana, por ejemplo,

u hoy mismo,

esta tarde,

cuando resuenen los aplausos

para abrazar sin abrazar a quienes nos salvan,

los nuestros, que sólo en nosotros piensan,

no en sus vidas, en nosotros,

y los gritos y los vivas,

el himno a la vida de los balcones y las ventanas,

esa ola poderosa

que recorre los patios y las calles como un tsunami,

no para arrasar nada,

sino para poner los corazones en orden,

entonces,

justo entonces,

tú mismo

o cualquiera del vecindario,

yo,

ambos,

un hombre o una mujer cualquiera,

un mujer y un hombre son lo mismo,

al fin y al cabo sólo se distinguen por las casillas de los formularios,

todos juntos con una voz única,

levantados,

de puntillas si es necesario,

con el puño en alto

quien quiera levantar el puño,

iremos al lugar donde residen las letras del abecedario

para elegir los cinco signos precisos y exactos,

be, a, ese, te, a,

uno por dedo de la mano abierta,

be, a, ese, te, a,

del meñique al pulgar

o del pulgar al meñique,

con un jeme inabarcable,

be, a, ese, te, a,

puede ser la izquierda o la derecha,

aquélla donde puedas concentrar toda tu fuerza,

toda la fuerza de tu cuerpo y de tu alma,

la poderosa fuerza que nos trajo aquí para juntarnos

y reconocernos,

sin desfallecer,

y, aun desfalleciendo, enhiestos y decididos,

despojados de todos los miedos y cuentos

con que nos acunan y duermen,

con los que nos han vencido tantas veces,

para estampar la airada mano

contra el execrable rostro

de la roca,

be, a, ese, te, a,

derrubio de una ética a medida del escenario,

que sedimenta y endurece la patraña

y la insolencia del poder,

y de los que al servicio del poder enarbolan las albardas,

para dejar ahí impresa

la huela indeleble

de la palabra terminada:

be, a, ese, te, a,

basta.

Basta.

Y gritar al tiempo:

¡basta!

Idos con vuestras banderas a media asta

y dejadnos velar y llorar a nuestros muertos.

Necrófagos malditos,

nuestros muertos son nuestros,

ni siquiera del virus que los mata,

sólo nuestros,

cuerpos de la tierra que los alumbrara,

que a la tierra regresan para honrarla.

Idos con vuestros reyes de hojalata,

podridos entre el metal

sumiso y desalmado

de quienes convierten la vida en renglón

de una cuenta de resultados;

con los patriotas de saldo,

andrajos de charlatanes vocingleros;

con vuestros voceros apesebrados,

pobres juntaletras de tertulias y diarios;

con vuestros amos,

que sólo tienen dinero

y morirán desnudos cuando les toque,

aunque eludan ahora el virus en sus refugios dorados.

Idos con vuestras donaciones y migajas:

no se puede renombrar con sobras la justicia.

Idos a vuestros comercios

y a vuestros cuerpos de saldo,

llevaos vuestros argumentarios,

llevaos las palabras que corrompen los diccionarios,

llevaos todo,

llevaos las cosas,

todas las cosas,

sólo son cosas,

las grandiosas y las insignificantes.

Cosas,

es decir,

nada.

Nosotros tenemos balcones y ventanas.

Basta.

La voz poderosa de la gente ya ha pronunciado la palabra:

basta.

Y la repite:

basta.

Oídla bien:

basta.

Está grabada letra a letra:

be, a, ese, te, a,

basta.

Idos.

Quien pretendió arrebatarnos la vida

para rellenar con cadáveres

los manuales de los economistas de cabecera,

no convertirá ahora a nuestros muertos

en despojos de casquería para comerciar con ellos.

Dejad de contarlos:

uno o diez mil,

son nuestros.

Muertos ellos y nosotros

mucho antes por la inmisericorde mano

de un sistema que nos usa, excluye y abandona.

No nos mata el virus,

el virus sólo nos remata.

Basta.

lunes, 8 de junio de 2020

Covid19, ancianos, residencias y capitalismo

 


Por fin los viejos aparecen en la pista central del coronavirus. A pesar de que constituyen la aplastante mayoría de las víctimas y a pesar de que las residencias son, de larguísimo, el epicentro del drama nacional, las miles de muertes de ancianos solos y abandonados en todos los rincones de España han sido consignadas sin especial interés por profundizar en el asunto. No han tenido ni jueza Medel ni coronel de los Cobos merodeando por su tragedia, ni políticos justicieros saliendo en su defensa, Cayetanas airadas, ni flamear de banderas ni caceroladas.  Y por razones bien deprimentes, porque los viejos importan poco o nada, y porque el problema de las residencias, puesto que responsabilizaba a todas las comunidades autónomas, es decir, a todos los partidos, no valía como arma contra el Gobierno. Ha sido necesario un escándalo mayúsculo como el de la Comunidad de Madrid y esa orden, que no borrador, de no trasladar ancianos de las residencias a hospitales y la insistencia de algunos medios, de forma muy destacada Infolibre, para que los ancianos aparezcan como protagonistas.

Y ahora hace falta que, en efecto, lo sean, que el escándalo político se esclarezca, claro, pero que la noticia no nos intereses sólo por el ruidoso choque de los dos socios en el Gobierno de la Comunidad, Ciudadanos y PP, y el morbo de ver si rompen; por cierto, esperanza absurda. Por muy lejos que lleguen en sus disputas, el pacto del trío de Colón para defender el oasis fiscal madrileño, y aquí lo mismo da Arrimadas que Rivera, está hecho a prueba de broncas, de dimisiones e incluso de mociones de censura.

Pero decía: no deberíamos permitir que se nos vaya de foco de nuevo el horror vivido en las residencias por dignidad y decencia, aunque me temo que ocurrirá y que nos quitaremos de encima esta página negra como una verdad a la que no queremos mirar de frente. Cuando cabe lleguen las facturas al cobro debería llegar una muy gorda, sin destinatario fijo, para esta sociedad en su conjunto, sociedad desagradecida, que no ha encontrado tiempo para esto, que he encontrado tiempo para toda clase de reyertas partidistas y toda clase de cuentas socioeconómicas pero no para poner en valor la tragedia de una generación, que lo dio todo para sacar adelante este país y que ha quedado diezmada por el virus sin que la sociedad pestañee. Los viejos que no se han muerto, los viejos que no nos hemos muerto estamos muy desengañados.

jueves, 9 de abril de 2020

Covid-19, salud, libertad y ley mordaza


Defendiendo el confinamiento en un discurso, he oído decir a un alcalde, del PSOE a mayor abundamiento: “Lo más importante es la salud”. Franco decía: “Lo más importante es España”. Casado, Abascal, Aznar, todos estos no se cansan de repetirnos: “Lo importante es la patria”. Como si la patria fuera un concepto abstracto. O “lo más importante es la bandera”. Y por eso pretenden que pongamos las banderas a media asta, que llenemos los parques y las plazas de banderas, cuanto más grandes mejor, más ondearán y desde más lejos serán vistas. Como si la bandera, que es un elemento material concreto, no la hubieran transformado en el mismo concepto abstracto que la patria. Patria y bandera son lo mismo, y tienen el mismo significado vacío al que no podemos asirnos. La vida necesita asideros. La salud, como argumento para defender el confinamiento, parece un concepto preciso y concreto. Todos necesitamos salud para vivir. Sin salud nos encaminamos al cementerio. Parece un concepto concreto, pero deviene en un concepto abstracto para sobrecogernos y atraparnos.
En todos esos discursos salud, España, patria y bandera excluyen cualquier otra consideración. No cabe nada fuera de ellos. La libertad, por ejemplo, y la democracia. Primero la salud, ya hablaremos de democracia cuando estemos sanos. Primero España, la patria, la bandera, la libertad y la democracia no son valores estrictamente necesarios, incluso pueden ser dañinos para el país, Franco pensaba que eran un cáncer para España y por eso echó el cerrojo y convirtió a España en un presidio durante 40 años.
No. Lo primero no es España, ni la patria, ni la bandera, lo primero es la ciudadanía. Sin ciudadanos no hay España ni patria ni bandera. Es la ciudadanía la que construye España y construye patria y se dota de bandera, construyendo el pueblo sobre las que se asienta.
No. Lo primero no es la salud. Lo primero es que la vida merezca la pena Para eso hace falta salud, claro, pero quienes entregaron su vida o su libertad por conquistar precisamente la libertad y la democracia no pensaron en la salud. Ni siquiera pensaron en la vida. No les valía una vida cualquiera. La salud no es lo primero. Si es lo primero, ¿para cuándo lo demás? ¿Para cuándo lo esencial? ¿Para cuándo aquello que constituye lo sustantivo de la vida de los seres humanos? Aplazamos las elecciones. Franco las aplazó durante 40 años. ¿Aplazamos la libertad?
Un concejal de ese mismo ayuntamiento, para defender el otro día la necesidad del confinamiento amenazaba a los ciudadanos de su pueblo con la ley mordaza. No apeló a la responsabilidad, a la solidaridad, al mutuo respeto por la vida, amenazó con multas de entre 600 y 30.000 € e hizo un detallado relato de las actuaciones de la guardia civil y la policía municipal para garantizar el cumplimiento del estado de alarma. No apeló al sentido cívico y ciudadano, amenazó con la ley mordaza. Una ley hecha a la medida de una concepción represora del estado y restrictiva de la libertad y la democracia, precisamente, que el PSOE y la izquierda se comprometieron a derogar cuando llegaran al gobierno, pero ahí sigue, tan lozana. Las denuncias que ha venido haciendo la policía se basan en la ley mordaza.
El problema de las excepcionalidades es que no se sabe cuánto duran. Incluso hay algunas que perviven tras superar el problema que dio lugar a la excepción, como los atentados terroristas del pasado. El problema del después es que después no tiene fecha fija. Puede ser mañana, la semana que viene o tras el verano. El verano de Franco duró 40 años.
El problema lo señalaba bien Yuval Haari, el filósofo israelí, el otro día en su artículo de La Vanguardia: El mundo después del coronavirus.
La salud no puede ser incompatible con la libertad ni con la democracia. No puede haber después, ha de haber ahora, como ha de haber ahora cultura, porque sin cultura tampoco hay libertad ni democracia. La cultura también ha sido aplazada para después.
La libertad nos compromete a hacernos cargo de nosotros mismos y de nuestros conciudadanos, la libertad nos reclama responsables. Lo sabemos por Erich Fromm. El confinamiento tiene que ser consecuencia de un acto de libertad, no resultado de una amenaza. Aquello que es resultado de un acto de libertad profundiza en la libertad, lo que es consecuencia de una amenaza o una coerción acaba por menoscabar la libertad. La libertad no es negociable. La democracia, tampoco. No estamos en el mejor camino y tantos militares en las ruedas de prensa sobre la crisis sanitaria, tanta alegría en el uso de los militares, como el grupo de paracaidistas que envió Margarita Robles a un pueblo de Toledo (Aldea en Cabo, 160 habitantes) simplemente para que los vieran, son unas pistas preocupantes, que hacen temblar a cualquier demócrata sensible. No ayuda hablar de guerra. No ayudan las arengas de combate. Tampoco ayudan los abusos policiales, muchos y escandalosos. El confinamiento no puede ser consecuencia de una negación sino un acto de afirmación contundente; propositivo, no coactivo.
La libertad y la democracia no son negociables y no pueden posponerse. O son hoy o no serán nunca, o, en caso de serlo, estarán demediadas, que es como no estar. A eso juega la derecha extrema del PP y Vox, pero no puede caer en esa trampa la izquierda ni el pueblo español.

miércoles, 8 de abril de 2020

Covid-19 y la abuela


El covid-19 que nos tiene recluidos es una excusa para hablar de mi abuela. No de los abuelos, de mi abuela, de una de ellas, mi abuela. No se puede hablar de los abuelos en general, se puede, pero no tiene sentido. Hay muchos abuelos como hay muchas personas.
Los abuelos que han muerto abandonados en las residencias de ancianos, porque la lógica del mercado los había convertido en un producto residual. O los abuelos que han sostenido con sus pensiones, muchas veces de miseria, a sus hijos y nietos abandonados por la crisis de 2008. O los que mueren y morirán relegados, porque ya no son útiles ni productivos, en favor de los jóvenes que tienen futuro, como hacen en Holanda o propuso hace días el subgobernador de Texas. O los abuelos cabrones, porque hay abuelos cabrones como hay jóvenes malvados. Aznar es un abuelo y Trump es otro abuelo. El presidente de Hungría es un abuelo. La presidenta de la Comunidad de Madrid será abuela algún día, aunque no le gusten los abuelos. O la gerente del 112 de Madrid, que seguramente también sea abuela, a la que se le muere la gente en sus casas por el coronavirus, tras pasarse una semana llamando a emergencias sin que nadie mande un equipo o una ambulancia al domicilio. Pablo Casado de abuelo, explicándole a sus nietos la hazaña del título en derecho sin haber leído una palabra del tema, o su obsesión por tapar con banderas a los muertos, su obcecación por comerciar con los muertos. O nosotros, yo mismo.
Pensar en los abuelos es también pensar en Felipe González y en Alfonso Guerra. En los obispos de la Iglesia, si los obispos pudieran ser abuelos, que quizás alguno lo sea, pero no lo sepamos. ¿Alguien puede imaginar a Abascal, perdida la prestancia del gimnasio, fláccido ya, tratando de subirse a un caballo? Será patético verlo con su bastón, su paso vacilante y la pistola todavía pegada al sobaco.
Decimos abuelos, pero podríamos decir también abuelas, la señora Thatcher en su día, por ejemplo, aunque en esta disquisición los abuelos arrasan.
Hoy me ha despertado mi abuela. No las noticias de cada día, siempre las mismas, sino mi abuela. Y me ha llevado de la mano a la ducha y luego al desayuno. Y me ha sentado ante el teclado. Por eso estoy escribiendo esto.
Los abuelos son importantes en la vida de uno. Ellos son la lucidez y la memoria.
Mi abuela murió cuando yo tenía diez años recién cumplidos. Nos despedimos un día de finales de diciembre hasta la semana siguiente y ya nunca volví a verla. Murió el cuatro de enero. Fue un cáncer, que derivó en septicemia y se la llevó por delante. Pudo haber sido terrible, porque se trataba de un cáncer de estómago que hizo metástasis rápidamente. La septicemia la libró del dolor y el sufrimiento. Nadie me dijo que había muerto de repente. Simplemente dejé de verla. De golpe la abuela no estaba y todos dejaron de hablar de ella. Veinticinco años más tarde supe dónde se hallaba su tumba y treinta años después puedo visitarla con frecuencia. Y hablamos.
Mi abuela me enseñó a hablar. No era una persona culta, pero me enseñó a hablar. No me me refiero al habla corriente, el habla común se aprende en casa, en la calle, en la escuela, en un internado, en una cárcel, donde sea que esté uno y escuche hablar a los otros. A decir o escribir cosas como éstas que ahora escribo uno aprende en cualquier lado. Lo hacemos todos cada día, todos los días de la vida. No tiene la menor importancia. La escritura, el discurso diario no tienen la menor importancia. La vida es vulgar y las palabras son corrientes y están hechas para decir las cosas vulgares de un modo vulgar. Digo a valorar el lenguaje y a amar las palabras. A entender que las palabras no son inocentes, sino intencionadas. Que hay palabras para zaherir y para honrar, para el amor y para el odio, para el rencor y para el perdón. A descubrir que, más allá de las nuestras cotidianas, hay otros palabras para todas las cosas, incluso las más ordinarias. Que incluso las palabras vulgares, es decir, casi todas las palabras, pueden ser palabras dignas y hermosas si uno las emplea con amor y respeto, para el amor y la tolerancia. A emplearlas con propiedad aprende uno más tarde y no siempre aprende del todo. Escribir hoy, no sólo este texto concreto, se lo debo a mi abuela. Ella me ha traído aquí de la mano y me ha dicho: ni se te ocurra dejarlo. Con su voz firme y dulce. Ni se te ocurra dejarlo. Y en eso estamos.
La vida deja de ser vulgar cuando la traspasa la ternura. La vida merece la pena cuando hay amor de por medio. Esto también lo aprendí de ella, que sólo sabía ser amorosa y tierna, y resolvía los conflictos con una abrazo y la palabra precisa.
Un día, yo debía tener cuatro o cinco años, me agarró para transportarme como si fuera un paquete bajo su brazo. Me había caído jugando en la calle y tenía las manos raspadas y sucias. No lloraba porque había aprendido a no llorar por esas cosas. Mientras me lavaba, me dijo que había la palabra pequeño, aparte la palabra chico, para referirse a alguien como yo. Yo era chico para jugar con esos mozancones con los que jugaba y por eso me caía y me sollejaba. Chico o pequeño. Chico y pequeño significaba lo mismo, pero chico la empleaba la gente vulgar y pequeño era una palabra de los señores y las gentes de importancia, pero significaban lo mismo y yo debía conocer y emplear ambas, porque las palabras son cosas de todos. Me estaba diciendo que el lenguaje no es inocuo, sino una poderosa arma, aunque eso yo lo entendiera mucho más tarde.
Como cuando me enseñó que también estaba la palabra eructo para decir regüeldo. Regüeldo lo empleábamos los palurdos y eructo la decían los señoritos, pero yo debía guardar las dos palabras. Y que nadie me las arrebatara. La palabra es el único bien que se comparte completo sin necesidad de trocearlo. Una palabra es mía por entero, y es tuya por entero la misma palabra, y lo es del pobre y del poderoso. La misma palabra. De una palabra no hay migajas. Hay migajas del lenguaje, si se abandonan u olvidan las palabras. O permitimos que otros nos las arrebaten. Migajas en el lenguaje y migajas en la vida es lo mismo. Por eso suelen ir juntas miseria e incultura. Un analfabeto y un pobre son la misma persona. Una persona sin libertad es una persona a la que han dejado sin palabras.
A la abuela le gustaban los mojicones y me enviaba muchas tardes a la confitería a comprar dos para la merienda. Y me daba uno. O me daba medio si sólo tenía uno. Toma, decía, anda. Un mojicón es como una magdalena grande, pero más esponjoso y dulce. Y me hacía prometer que no se lo diría a mi madre, no sé la razón.
Otra vez me llevó a un bazar y me compró unas gafas de ver. Entonces no había ópticas ni había sanidad pública, los médicos se pagaban al punto o por igualas. Había bazares donde se vendía de todo y aquél vendía gafas graduadas. La abuela decía que parecía tener problemas de vista, seguramente porque leía mucho. Exageraba la abuela: a leer de verdad empecé más tarde, cuando ella ya se había ido y no podía regañarme.
La abuela es culpable de que me interesen tanto las palabras, de que lea y de que escriba, porque la palabra es el único y verdadero patrimonio de que dispongo. Y no tengo que disputárselo a nadie.
Al virus, no, al virus lo vencerán quienes saben de eso, científicos y profesionales de la medicina, pero a los necrófagos sí los derrotaremos entre todos con las palabras. Defendiendo las palabras y defendiendo el significado correcto de cada palabra. Muerte, por ejemplo, justicia, solidaridad, cuidados. Guerra, sin embargo, es una palabra extraña, no estamos en guerra, estamos en una batalla por poder tocarnos.

miércoles, 1 de abril de 2020

Basta




Mañana, por ejemplo,
u hoy mismo,
esta tarde,
cuando resuenen los aplausos
para abrazar sin abrazar a quienes nos salvan,
los nuestros, que sólo en nosotros piensan,
no en sus vidas, en nosotros,
y los gritos y los vivas,
el himno a la vida de los balcones y las ventanas,
esa ola poderosa
que recorre los patios y las calles como un tsunami,
no para arrasar nada,
sino para poner los corazones en orden,
entonces,
justo entonces,
tú mismo
o cualquiera del vecindario,
yo,
ambos,
un hombre o una mujer cualquiera,
un mujer y un hombre son lo mismo,
al fin y al cabo sólo se distinguen por las casillas de los formularios,
todos juntos con una voz única,
levantados,
de puntillas si es necesario,
con el puño en alto
quien quiera levantar el puño,
iremos al lugar donde residen las letras del abecedario
para elegir los cinco signos precisos y exactos,
be, a, ese, te, a,
uno por dedo de la mano abierta,
be, a, ese, te, a,
del meñique al pulgar
o del pulgar al meñique,
con un jeme inabarcable,
be, a, ese, te, a,
puede ser la izquierda o la derecha,
aquélla donde puedas concentrar toda tu fuerza,
toda la fuerza de tu cuerpo y de tu alma,
la poderosa fuerza que nos trajo aquí para juntarnos
y reconocernos,
sin desfallecer,
y, aun desfalleciendo, enhiestos y decididos,
despojados de todos los miedos y cuentos
con que nos acunan y duermen,
con los que nos han vencido tantas veces,
para estampar la airada mano
contra el execrable rostro
de la roca,
be, a, ese, te, a,
derrubio de una ética a medida del escenario,
que sedimenta y endurece la patraña
y la insolencia del poder,
y de los que al servicio del poder enarbolan las albardas,
para dejar ahí impresa
la huela indeleble
de la palabra terminada:
be, a, ese, te, a,
basta.
Basta.
Y gritar al tiempo:
¡basta!
Idos con vuestras banderas a media asta
y dejadnos velar y llorar a nuestros muertos.
Necrófagos malditos,
nuestros muertos son nuestros,
ni siquiera del virus que los mata,
sólo nuestros,
cuerpos de la tierra que los alumbrara,
que a la tierra regresan para honrarla.
Idos con vuestros reyes de hojalata,
podridos entre el metal
sumiso y desalmado
de quienes convierten la vida en un renglón
de una cuenta de resultados;
con los patriotas de saldo,
andrajos de charlatanes vocingleros;
con vuestros voceros apesebrados,
pobres juntaletras de tertulias y diarios;
con vuestros amos,
que sólo tienen dinero
y morirán desnudos cuando les toque,
aunque eludan ahora el virus en sus refugios dorados.
Idos con vuestras donaciones y migajas:
no se puede renombrar con sobras la justicia.
Idos a vuestros comercios
y a vuestros cuerpos de saldo,
llevaos vuestros argumentarios,
llevaos las palabras que corrompen los diccionarios,
llevaos todo,
llevaos las cosas,
todas las cosas,
sólo son cosas,
las grandiosas y las insignificantes.
Cosas,
es decir,
nada.
Nosotros tenemos balcones y ventanas.
Basta.
La voz poderosa de la gente ya ha pronunciado la palabra:
basta.
Y la repite:
basta.
Oídla bien:
basta.
Está grabada letra a letra:
be, a, ese, te, a,
basta.
Idos.
Quien pretendió arrebatarnos la vida
para rellenar con cadáveres
los manuales de los economistas de cabecera,
no convertirá ahora a nuestros muertos
en despojos de casquería para comerciar con ellos.
Dejad de contarlos:
uno o diez mil,
son nuestros.
Muertos ellos y nosotros
mucho antes por la inmisericorde mano
de un sistema que nos usa, excluye y abandona.
No nos mata el virus,
el virus sólo nos remata.
Basta.