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sábado, 10 de diciembre de 2011

Me voy



Y me voy sin haber recibido mi legado,
sin haber habitado mi casa,
sin haber cultivado mi huerto,
sin haber sentido el beso de la siembra y de la luz.
Me voy sin haber dado mi cosecha,
sin haber encendido mi lámpara,
sin haber repartido mi pan...
Me voy sin que me hayáis entregado mi hacienda...
Me voy sin haber aprendido más que a gritar y a maldecir,
a pisar bayas y flores....
Me voy sin haber visto el Amor,
con los labios amargos llenos de baba y de blasfemias,
y con los brazos rígidos y erguidos, y los puños cerrados,
pidiendo Justicia fuera del ataúd.

ME VOY PORQUE LA TIERRA YA NO ES MÍA.

Porque mis pies están cansados,
mis ojos ciegos,
mi boca seca
y mi cuerpo dócil y ligero,
para entrar en el aire.
Me voy porque ya no hay caminos para mí en el suelo.
Salí del agua, he vivido en la sangre
y ahora me espera el Viento para llevarme al sol....
Salí del mar....y acabaré en el fuego.

ME VOY PORQUE LA ESPIGA Y LA AURORA NO SON MÍAS.

He andado perdido por el mundo pidiendo pan y luz.
¡Y el sol es pan y luz!
¡Miradle como sale del horno y asciende en el alba para todos,
con su doble corona de harina y de cristal!...
¡Oh, Dios antiguo y generoso, proscrito por el hombre!
Tu ahí siempre, puntual en la espiga y en la aurora
y yo aquí hambriento y ciego, con mi grito mendigo
perdido tantas veces en la historia....

ME VOY PORQUE LA LUZ TAMPOCO ES MÍA.

Hoy abrí la ventana que mira al mar y al viento
y me pareció que había abierto
la trampa que estaba aquí en el suelo
para los días de las conspiraciones y del miedo.
Si sigo aquí, ahora ya y siempre, tendré que decir:
Ahí abajo, ahí adentro...
en la cueva, en lugar de decir: Allá afuera, allá arriba....
en el viento. Me voy. Las ventanas son trampas. Ya no veo la luz...
ya no la veo.

ME VOY PORQUE LA TIERRA Y EL PAN Y LA LUZ YA NO SON MÍOS.

Volveré mañana en el corcel del Viento.
Volveré. Y cuando vuelva, vosotros os estaréis yendo:
Vosotros, los alcabaleros de la muerte, los centuriones en acecho
bajo la gran ojiva de la puerta, los constructores de ataúdes
que al medir el cuerpo amarillo de los que se van,
con la cinta de metro y medio de los alfayates, decís siempre:
¡Cómo crecen los muertos!
¡Oh, sí! Los muertos crecen. El último traje que se hicieron,
al amortajarlos ya les viene pequeño. Crecen.
Y, apenas los entierran, rompen los tablones de pino y los catafalcos de acero;
crecen después en la tumba, fuera de la caja,
abren la tierra como semillas del centeno
y ya, bajo el sol y la lluvia, en el aire, sueltos y sin raíces,
siguen y siguen creciendo.
Yo me voy a crecer con los muertos.
Volveré mañana en el corcel del Viento.
Volveré. ¡Y volveré crecido!
Entonces vosotros que os estaréis yendo no me conoceréis.
Mas cuando nos crucemos en el puente, yo os diré con la mano:
¡Adiós, alcabaleros,
centuriones,
sepultureros!...
A crecer, a crecer,
a la tierra otra vez....
al agua,
al sol,
al Viento....al Viento....
¡Otra vez al Viento!

León Felipe, El viento y yo

sábado, 15 de octubre de 2011

Pero ¿por qué habla tan alto el español?



Este tono levantado del español es un defecto, viejo ya, de raza. Viejo e incurable. Es una enfermedad crónica.

Tenemos los españoles la garganta destemplada y en carne viva. Hablamos a grito herido y estamos desentonados para siempre, para siempre porqué tres veces, tres veces, tres veces tuvimos que desgañitarnos en la historia hasta desgarrarnos la laringe.

La primera fue cuando descubrimos este continente, y fue necesario que gritásemos sin ninguna medida: ¡Tierra! ¡Tierra! ¡Tierra! Había que gritar esta palabra para que sonase más que el mar y llegase hasta los oídos de los hombres que se habían quedado en la otra orilla. Acabábamos de descubrir un mundo nuevo, un mundo de otras dimensiones al que cinco siglos más tarde, en el gran naufragio de Europa, tenía que agarrarse la esperanza del hombre. ¡Había motivos para hablar alto! ¡Había motivos para gritar!

La segunda fue cuando salió por el mundo, grotescamente vestido con una lanza rota y una visera de papel aquel estrafalario fantasma de la Mancha, lanzando al viento desaforadamente esta palabra de luz olvidada por los hombres: ¡justicia! ¡justicia! ¡justicia!... ¡También había motivos para gritar! ¡También había motivos para hablar alto!

El otro grito es más reciente. Yo estuve en el coro. Aún tengo la voz parda de la ronquera. Fue el que dimos sobre la colina de Madrid, en el año de 1936, para prevenir a la majada, para soliviantar a los cabreros, para despertar al mundo: ¡eh! ¡que viene el lobo! ¡que viene el lobo!... ¡que viene el lobo!

El que dijo tierra y el que dijo justicia es el mismo español que gritaba hace 6 años nada más, desde la colina de Madrid, a los pastores: ¡eh! ¡que viene el lobo!

Nadie le oyó. Los viejos rabadanes del mundo que escriben la historia a su capricho, cerraron todos los postigos, se hicieron los sordos, se taparon los oídos con cemento, y todavía ahora no hacen más que preguntar como los pedantes: ¿Pero por qué habla tan alto el español?

Sin embargo, el español no habla alto. Ya lo he dicho. Lo volveré a repetir: el español habla desde el nivel exacto del hombre, y el que piense que habla demasiado alto es porque escucha desde el fondo de un pozo.

León Felipe, México, 1942

lunes, 19 de septiembre de 2011

Una plaza, la calle y las palabras


El Bosco, Extracción de la piedra de la locura


1.
No hace mucho algunos gritaban: la plaza es del Papa. Se referían a Sol y a Benito XVI. Fueron los días tediosos de la JMJ. Suena a la vieja idea de propiedad privada y parecían querer decir: aquí no cabéis vosotros. En el siglo pasado alguien acuñó otro grito: la calle es mía. Fue un ministro de la gobernación con el franquismo, que hoy me recuerda el microrelato de Monterroso. Y hay una frase que se viene oyendo desde mayo de este año: la plaza es nuestra. Me gusta más. Suena a lugar cálido y acogedor, sin estrecheces, adonde uno pudiera acarrear todas sus palabras, pues ninguna sobra.

2.
Franco... tuya es la hacienda...
la casa, el caballo y la pistola...
Mía es la voz antigua de la tierra.
Tú te quedas con todo
y me dejas desnudo y errante por el mundo...
mas yo te dejo mudo... ¡mudo!...
Y cómo vas a recoger el trigo
y a alimentar el fuego
si yo me llevo la canción.
(León Felipe, desde el exilio)

3.
Rafael Alberti llegó a interrogarse por los poetas andaluces de ahora. Murió sin respuesta. ¿Dónde están los poetas? Andaluces o gallegos, castellanos, catalanes,... Los poetas, ¿dónde están los poetas? No los que escriben en líneas cortas, sino los que blanden la poesía como un arma cargada de futuro. Un poeta es un loco.

4.
Quien nació en tierra ancha y luminosa asomado a los geranios, como el loco de la Mancha, no sé si podrá soportar la oscuridad con que amenaza el próximo 20N.

5.
Eh, Rocinante, échanos una mano.

miércoles, 14 de septiembre de 2011

Ya no hay locos

Gustavo Doré, grabado


Ya no hay locos, amigos, ya no hay locos. Se murió aquel manchego,
aquel estrafalario fantasma del desierto y ... ni en España hay locos.
Todo el mundo está cuerdo, terrible, monstruosamente cuerdo.
Oíd ... esto,
historiadores ... filósofos ... loqueros ...
Franco ... el sapo iscariote y ladrón en la silla del juez repartiendo castigos y premios,
en nombre de Cristo, con la efigie de Cristo prendida del pecho,
y el hombre aquí, de pie, firme, erguido, sereno,
con el pulso normal, con la lengua en silencio,
los ojos en sus cuencas y en su lugar los huesos ...
El sapo iscariote y ladrón repartiendo castigos y premios ...
y yo, callado, aquí, callado, impasible, cuerdo ...
¡cuerdo!, sin que se me quiebre el mecanismo del cerebro.
¿Cuándo se pierde el juicio? (yo pregunto, loqueros).
¿Cuándo enloquece el hombre? ¿Cuándo, cuándo es cuando se enuncian los conceptos
absurdos y blasfemos
y se hacen unos gestos sin sentido, monstruosos y obscenos?
¿Cuándo es cuando se dice por ejemplo:
No es verdad. Dios no ha puesto
al hombre aquí, en la Tierra, bajo la luz y la ley del universo;
el hombre es un insecto
que vive en las partes pestilentes y rojas del mono y del camello?
¿Cuándo si no es ahora (yo pregunto, loqueros),
cuándo es cuando se paran los ojos y se quedan abiertos, inmensamente abiertos,
sin que puedan cerrarlos ni la llama ni el viento?
¿Cuándo es cuando se cambian las funciones del alma y los resortes del cuerpo
y en vez de llanto no hay más que risa y baba en nuestro gesto?
Si no es ahora, ahora que la justicia vale menos, infinitamente menos
que el orín de los perros;
si no es ahora, ahora que la justicia tiene menos, infinitamente menos
categoría que el estiércol;
si no es ahora ... ¿cuándo se pierde el juicio?
Respondedme loqueros,
¿cuándo se quiebra y salta roto en mil pedazos el mecanismo del cerebro?
Ya no hay locos, amigos, ya no hay locos. Se murió aquel manchego,
aquel estrafalario fantasma del desierto
y ... ¡Ni en España hay locos! ¡Todo el mundo está cuerdo,
terrible, monstruosamente cuerdo! ...
¡Qué bien marcha el reloj! ¡Qué bien marcha el cerebro!
Este reloj ..., este cerebro, tic-tac, tic-tac, tic-tac, es un reloj perfecto ...,
perfecto, ¡perfecto!


León Felipe

jueves, 3 de febrero de 2011

León Felipe y los libros


León Felipe, estatua en el parque de su nombre, Zamora



Tengo que poner orden en los libros. De repente he necesitado leer un poema de León Felipe, ese que habla de la piedra pequeña y ligera del camino, el guijarro humilde de las carreteras, que figura en Versos y Oraciones del Caminante, no sé si comienza con esos versos. Uno necesita a veces leer cosas concretas, como necesita en ocasiones oír determinada palabra o escuchar cierta música, un composición precisa. Es un librito diminuto, publicado por una editorial mejicana, creo que es mejicana, allá por 1970, más o menos. Y no lo encuentro, así que debo poner orden en los libros. Quizá deba poner orden en mi vida. Cuando uno tiene que poner orden en sus libros, ha de poner orden en su vida. Es decir, en sus emociones, en sus sentimientos. Es tanto como decir poner orden en los miedos. Los libros representan las emociones de nuestra vida. Si se es capaz de hacer una cronología de las lecturas, se está en disposición de reconstruir una biografía. De las lecturas y de las músicas. Las palabras y los sonidos -y, tal vez, los paisajes- configuran una vida y determinan el ADN que heredarán nuestros hijos.
Hace tiempo que vencí los miedos y me encuentro, por otra parte, cómodo con cierto desorden en las emociones y sentimientos. O sea, que sólo pondré orden en los libros. Me parece bien que la vida siga siendo una aventura. No hay aventura sin una cierta improvisación en el camino. De hecho, mis lecturas están muy alejadas de la planificación y el orden: leo las cosas como me van cayendo, como me pide el cuerpo o como me alcanza la intuición. Son los libros los que me eligen a mi.
Por lo tanto, me he puesto a buscar en internet. Y he encontrado el poema, claro, y lo he leído. Lo pongo al final. Internet es el bazar o el trastero donde uno halla cualquier cosa. Y he encontrado mil perfiles de León Felipe, tantos como diversa y contradictoria fue su vida. Él decía de sí mismo que era un poeta prometeico. Por Prometeo, supongo. Prometeo era un titán amigo de los mortales que robó el fuego a los dioses para entregarlo a los humanos, hecho por el que fue castigado. Supongo que él se sintió prometeico porque nos entregó el fuego de la palabra, arrebatándosela a los malvados que tenían la pistola. Ellos tenían la pistola y León Felipe tenía la palabra. Me llevo la palabra, dijo, cuando se exiliaba. Pero no se la llevaba para esconderla o patrimonializarla, sino para devolverla a la gente normal, a quien le había sido arrebatada, aquélla que hablaba alto para anunciar: que viene el lobo, que viene el lobo, sin que nadie quisiera escucharlo. Y vino el lobo. Y se quedó 40 años.
Pues internet me recordó que nació en un pueblo de Zamora, que en Zamora hay un parque con su nombre y que en el parque hay una estatua en su honor. No lo recordé cuantas veces estuve en Zamora, la última hace unos años. Hubiera ido a leer un poema a sus pies. O diez poemas. Como leí a Gerardo Diego junto al Duero y a Antonio Machado por las calles de Soria. Los sitios en los que han estado los poetas o donde se les recuerda tienen un no sé qué mágico.
Hace muchos años viví en un edificio de Argüelles, frente a la esquina de la Casa de las Flores, donde vivió Neruda y estuvo Hernández o Lorca, por ejemplo. Mi ventana miraba directamente al balcón de la Casa de las Flores, y yo los imaginaba a ellos allí, e imaginaba a Hernández repentizando décimas por una apuesta. Cogía mis tomitos de Losada y leía. Había un loro o papagayo que lanzaba su estentórea cantinela y yo lo maldecía. Y llegué a pensar que aquel loro era una parábola de la dictadura: había sustituido las voces por psitácidas.
Tengo que ir a Zamora a leerle a León Felipe sus poemas. La última vez me arrebató el Duero.


Así es mi vida,
piedra,
como tú. Como tú
piedra pequeña:
como tú,
piedra ligera;
como tú,
canto que ruedas
por las calzadas
y por las veredas;
como tú,
guijarro humilde de las carreteras;
como tú,
que en días de tormenta
te hundes
en el cieno de la tierra
y luego centelleas
bajo los cascos
y bajo las ruedas;
como tú, que no has servido
para ser ni piedra
de una lonja,
ni piedra de una audiencia,
ni piedra de un palacio,
ni piedra de una iglesia...
como tú, piedra aventurera...
como tú,
que tal vez estás hecha
sólo para una honda...
piedra pequeña
y
ligera...

León Felipe

Versos y oraciones del caminante.