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miércoles, 15 de septiembre de 2010

Tordesillas





Cualquiera ha podido ver estos días cómo gentes armadas con picas torturaban hasta la muerte a un animal acorralado e indefenso en Tordesillas. Monstruos y desalmados. Se me ocurren otras palabras para nombrarlos pero estas dos los definen bien. Monstruo, en la acepción 5ª del DRAE, persona cruel y perversa; desalmado, en mi propia definición, des-almado, sin alma. Tordesillas es un municipio de la provincia de Valladolid, España.
Hay quien dice que eso es cultura, no sé si los herederos de quienes trajeron de vuelta a Fernando VII para reinstaurar las hogueras y la inquisición, que también eran cultura. Cultura, es decir, lo que se cultiva. Si se cultivan pepinos, se obtienen pepinos. Si se cultiva la violencia y el odio, se obtienen monstruos.
Fue cultura el derecho de pernada y es cultura la ablación del clítoris en Mali o Nigeria. Son cultura las corridas de toros, las peleas de perros o gallos, el toro entorchado, el toro ensogado, el toro emplumado, los patos descoyuntados, la cabra lanzada, el toro borracho,... Es cultura la violencia de género.
Son sólo toros o animales. O sólo negros, negros al fin y al cabo, o sólo mujeres. Un día sólo fueron judíos. Víctimas de la barbarie. La barbarie es la cultura.

Un día me inicié en esto de las bitácoras, entre descreído y dubitativo, aunque elegí un nombre con entusiasmo: mesa camilla en París. Porque en torno a las mesas camillas se reunían las gentes a charlar o a jugar una partida de cartas. Y porque París, recuerdo aquella frase en Casablanca, es nuestro último reducto para la esperanza. Yo sigo teniendo esperanza, a pesar de Tordesillas y la locura de este principio de siglo. Confío en que un día nos podamos sentar en torno a una mesa camilla y, en última instancia, confío en que podamos darnos cita en París, si es que ya no nos queda esperanza.