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sábado, 4 de abril de 2020

Luis Eduardo Aute




Estaba mal desde el infarto. No se lo ha llevado el covid-19, a pesar de su voracidad. Se lo ha llevado el corazón, con el que quería tanto. Su forma descarada e irreductible de afrontar la vida. Se equivocaría muchas veces, pero todos nos equivocamos para ser humanos. Amó la vida y amó la libertad, por la que empeñó su vida.
Los de mi edad tenemos muchas referencias musicales y poéticas. Podría hacer una lista y me saldría una docena por lo menos, todos importantes. Pero en mi caso ha habido dos esenciales por razones culturales, emocionales e ideológicas. Uno fue Paco Ibáñez y otro fue Luis Eduardo Aute, por motivos diferentes y por un trasfondo político y poético semejante. A Paco Ibáñez lo conocí a finales de los 60, cuando el Consejo de Guerra de Burgos contra ETA, siendo yo estudiante de Preuniversitario. Me lo presentaron a través de dos de sus canciones a la salida de un ensayo de una obrita menor de teatro de Valle Inclán, otro maldito. Las canciones eran: Soldadito boliviano y La mala reputación. Canciones para fortalecer poéticamente el compromiso con la locura, la rebeldía, la determinación y la resistencia, de las que hablaba tanto León Felipe. Hubo más canciones, claro, hubo muchas, y hubo más cantantes, y hubo poetas, Gabriel Celaya y Blas de Otero entre ellos, pero esas dos canciones quedaron ahí para siempre en el imaginario.
A Luis Eduardo Aute lo reconocí, porque ya lo conocía de antes, pero sin darle importancia, en los agónicos últimos días del franquismo, cuando el mayor genocida de la historia de España puso el enterado en unas sentencias de muerte que llevaron al fusilamiento a un grupo de muchachos, a manos de unos pelotones de borrachos. Lo reconocí cuando supe de Al alba, unos versos mecanografiados que me pasaron, aunque lo oiría más tarde en la voz de Rosa León. La hoja con los versos se perdió en algún mechinal, pero tengo ahí las voces suya y de Rosa resonando todavía, esos versos lentos, con escaso acompañamiento musical, versos casi desnudos, porque están escritos para arropar las desoladas almas de los que sufrimos con la muerte injusta y cruel de un ser humano, de los que creemos, como él, y por eso disfrazó su airada protesta y su dolor de balada de amor, que sólo el amor puede salvarnos de cualquier desastre y construir un mundo mejor, más limpio y más libre. Más humano, donde quepan todos los seres humanos. Luego hubo más versos suyos y más poemas, pero esos se quedaron ahí para marcar un hito, un antes y después, para dar un portazo sangriento a la dictadura.

Al alba, te marchaste al alba.
Llenaste mi cuerpo
con el fuego de tu amor
Y te fuiste al alba.

Ahora se ha marchado él y nos ha dejado huérfanos. La tierra le será leve, porque la tierra lo ama.
Es bueno recordarlo hoy con tantos muertos nuestros amontonándose en las puertas de nuestras casas y de nuestras conciencias. Porque un virus los mata, sí, o los remata, el asesino es un virus, pero en realidad los mata una sociedad que ha optado por deshacerse de los seres humanos para optar por los negocios, ni escuelas, ni ciencia, ni cultura, ni hospitales, negocios. Y hemos permitido que el mundo derivara hacia un agregado colectivo sin códigos ni reglas, donde reina la ley del más fuerte y del más adinerado y triunfa el darwinismo social, en contra de la justicia y los cuidados, que sólo el amor puede darnos.
Luis Eduardo Aute nos hace falta. Por lo menos sus versos. Estos por ejemplo:

Ay, amor mío,
qué terriblemente absurdo
es estar vivo sin tu latido.
Que el final de la historia,
enésima autobiografía de un fracaso,
no te sirva de ejemplo.
Hay quien afirma que el amor es un milagro,
que no hay mal que no cure,
pero tampoco bien que dure cien años,
eso casi lo salva.
Lo malo son las noches que mojan mi mano.

sábado, 10 de diciembre de 2011

Me voy



Y me voy sin haber recibido mi legado,
sin haber habitado mi casa,
sin haber cultivado mi huerto,
sin haber sentido el beso de la siembra y de la luz.
Me voy sin haber dado mi cosecha,
sin haber encendido mi lámpara,
sin haber repartido mi pan...
Me voy sin que me hayáis entregado mi hacienda...
Me voy sin haber aprendido más que a gritar y a maldecir,
a pisar bayas y flores....
Me voy sin haber visto el Amor,
con los labios amargos llenos de baba y de blasfemias,
y con los brazos rígidos y erguidos, y los puños cerrados,
pidiendo Justicia fuera del ataúd.

ME VOY PORQUE LA TIERRA YA NO ES MÍA.

Porque mis pies están cansados,
mis ojos ciegos,
mi boca seca
y mi cuerpo dócil y ligero,
para entrar en el aire.
Me voy porque ya no hay caminos para mí en el suelo.
Salí del agua, he vivido en la sangre
y ahora me espera el Viento para llevarme al sol....
Salí del mar....y acabaré en el fuego.

ME VOY PORQUE LA ESPIGA Y LA AURORA NO SON MÍAS.

He andado perdido por el mundo pidiendo pan y luz.
¡Y el sol es pan y luz!
¡Miradle como sale del horno y asciende en el alba para todos,
con su doble corona de harina y de cristal!...
¡Oh, Dios antiguo y generoso, proscrito por el hombre!
Tu ahí siempre, puntual en la espiga y en la aurora
y yo aquí hambriento y ciego, con mi grito mendigo
perdido tantas veces en la historia....

ME VOY PORQUE LA LUZ TAMPOCO ES MÍA.

Hoy abrí la ventana que mira al mar y al viento
y me pareció que había abierto
la trampa que estaba aquí en el suelo
para los días de las conspiraciones y del miedo.
Si sigo aquí, ahora ya y siempre, tendré que decir:
Ahí abajo, ahí adentro...
en la cueva, en lugar de decir: Allá afuera, allá arriba....
en el viento. Me voy. Las ventanas son trampas. Ya no veo la luz...
ya no la veo.

ME VOY PORQUE LA TIERRA Y EL PAN Y LA LUZ YA NO SON MÍOS.

Volveré mañana en el corcel del Viento.
Volveré. Y cuando vuelva, vosotros os estaréis yendo:
Vosotros, los alcabaleros de la muerte, los centuriones en acecho
bajo la gran ojiva de la puerta, los constructores de ataúdes
que al medir el cuerpo amarillo de los que se van,
con la cinta de metro y medio de los alfayates, decís siempre:
¡Cómo crecen los muertos!
¡Oh, sí! Los muertos crecen. El último traje que se hicieron,
al amortajarlos ya les viene pequeño. Crecen.
Y, apenas los entierran, rompen los tablones de pino y los catafalcos de acero;
crecen después en la tumba, fuera de la caja,
abren la tierra como semillas del centeno
y ya, bajo el sol y la lluvia, en el aire, sueltos y sin raíces,
siguen y siguen creciendo.
Yo me voy a crecer con los muertos.
Volveré mañana en el corcel del Viento.
Volveré. ¡Y volveré crecido!
Entonces vosotros que os estaréis yendo no me conoceréis.
Mas cuando nos crucemos en el puente, yo os diré con la mano:
¡Adiós, alcabaleros,
centuriones,
sepultureros!...
A crecer, a crecer,
a la tierra otra vez....
al agua,
al sol,
al Viento....al Viento....
¡Otra vez al Viento!

León Felipe, El viento y yo

viernes, 21 de octubre de 2011

Blas de Otero



El otro día le pedí a mi hija que buscara, entre los libros, unos de Blas de Otero. Me interesaba repasar algunos poemas concretos que me venían entonces a la memoria. Lo que yo buscaba lo había editado Visor en su día, o eso creía recordar. Pero es tal el follón entre los libros míos que sólo pudo encontrar un tomito de Losada, amarillento y ajado el pobre, con las hojas quebradizas, que yo ya no recordaba. Alguien dijo y escribió que quien no pone orden en sus libros tiene en desorden su vida, y quizá sea cierto.

Contiene Ángel fieramente humano y Redoble de conciencia, pero no es Ancia, así que le faltan los 38 poemas inéditos que el poeta acabó añadiendo para la nueva edición refundida. Es una segunda edición del 28-XI-1973, tal como figura en la 6ª página. Era el número 287 de la Biblioteca clásica y contemporánea.

Al abrirlo ahora y ver la primera página, esa que aparece en blanco en todos los libros antes del título, lo he recordado. En la esquina superior izquierda, a lápiz, pone: 90/80. O sea, que su precio era 90 pesetas pero que, con el descuento, te lo llevabas por 80 pesetas. Lo compré por 80 pesetas el día que supe de la muerte de Pablo Neruda, el 24 de septiembre de 1973, un día después de su fallecimiento, pues, de tristeza, en su casa, por el golpe de estado fascista en Chile. En una librería-papelería que había en la calle Princesa de Madrid, cerca de Moncloa, donde nacían y morían las líneas de autobuses de la Ciudad Universitaria. La regentaban dos hermanas solteronas.

Trataba yo de entender qué sucede con el ser humano para que se niegue de un modo tan terrible a sí mismo. Es decir, supongo que indagaba yo en la contradicción de vivir y morir dentro de mí mismo. Y recuerdo que lo leí deprisa, y luego despacio, y luego saltando de aquí allá, adelante, atrás. Releyendo con el atropello de entonces, me quedo con dos poemas que copio a continuación:


LO ETERNO

Un mundo como un árbol desgajado.
Una generación desarraigada.
Unos hombres sin más destino que
apuntalar las ruinas.

                                           Rompe el mar
en el mar, como un himen inmenso,
mecen los árboles el silencio verde,
las estrellas crepitan, yo las oigo.

Sólo el hombre está solo. Es que se sabe
vivo y mortal. Es que se siente huir
-ese río del tiempo hacia la muerte-.

Es que quiere quedar. Seguir siguiendo,
subir, a contra muerte, hasta lo eterno.
Le da miedo mirar. Cierra los ojos
para dormir el sueño de los vivos.

Pero la muerte, desde dentro, ve.
Pero la muerte, desde dentro, vela.
Pero la muerte, desde dentro, mata.

...El mar -la mar-, como un himen inmenso,
los árboles moviendo el verde aire,
la nieve en llamas de la luz en vilo...


SALMO POR EL HOMBRE DE HOY

Salva al hombre, Señor, en esta hora
horrorosa, de trágico destino;
no sabe adónde va, de dónde vino
tanto dolor, que en sauce roto, llora.

Ponlo de pie, Señor, clava tu aurora
en su costado, y sepa que es divino
despojo, polvo errante en el camino:
mas que Tu luz lo inmortaliza y dora.

Mira, Señor, que tanto llanto, arriba,
en pleamar, oleando a la deriva,
amenaza cubrirnos con la Nada.

¡Ponnos, Señor, encima de la muerte!
¡Agiganta, sostén nuestra mirada
para que aprenda, desde ahora, a verte!


No sé por qué, quizá se deba al juego de imágenes, al releer el último verso del primer poema, he recordado este otro de Manuel Rivas (La desaparición de la nieve, Alfaguara):

En los hornos de pan,
con las brasas de brezo,
el fermentar de la nieve.



Del 15M hablaremos otro día. Hoy Blas de Otero nos ha hablado del hombre. Hablar del 15M, hoy en día, es hablar de los enemigos del hombre.

martes, 11 de octubre de 2011

Esta mañana el camino



Vengo de la risa miserable,
aquélla que vendieron.
Vengo del destino escrito,
obscena mercancía en los mercados.
Del llanto por encargo.
Y vengo solo.
Y estaré solo,
como tú, como todos.
Todos estamos solos
ante dios
y ante los hombres.

Vengo al útero nuevo
como un soplo.
Nadie espera aquí.
Yo mismo soy el destino.
Al destino destinado.
Vengo hacia el olvido,
hasta el mar extenso
donde el pasado se diluye.
Y me acompaña la memoria
difusa de imágenes y señales.

Son nuevas las palabras,
nueva la tarea.
Y el mismo reto,
aunque parezca otro el horizonte.
Ni siquiera parezco el mismo hombre.
Y soy, sin embargo, el mismo
que observa y se pregunta.

Luz a gotas,
luz.
Dios mío.
Distinguir muebles
y habitaciones,
instalar ventanas
en esta casa clara del ánima.
Abrir las puertas, quizás,
abrir la puerta
para que no haya puertas cerradas.

Sacudir el polvo del camino.
Airear el espacio
donde se hila la seda
que urdirá el tejido
del corazón
esta mañana.
Exponerse al recuerdo
y borrarlo,
como quien limpia la pátina del tiempo.

¿Quién eres tú?
¿Aquél o éste?
¿Ilusión o sombra?
¿Sueño, tal vez?
Ya sé que no te conozco.
¿O te habré olvidado?
Olvidar es el primer paso.

Debo olvidarme de mí mismo
para hallar el lugar
donde ya estoy.
Un hombre es poca cosa
si no cultiva la memoria
del corazón.
Éste es un territorio nuevo.
No recuerdo el otro,
perdido en la frontera.
Quizá pueda verlo un día:
mañana, si regreso,
cuando ayer, hoy y mañana
sean lo mismo,
el momento de ser y de vivir.

Aquí la gente salmodia,
carece de memoria,
muere sin saber que muere
y es feliz, según las crónicas.
Platón en la caverna.
O fantasía maldecida.
Los tesoros son material contable.
Y los sueños,
inventario de escombrera.
Se acabaron los hijos de dios.
Tristes hombres de almas vacuas,
hombres tristes, tristes hombres,
desolados,
sin preguntas,
extraviados hombres
de la memoria.

Me debo a la tarea.
Soy del barro cardial.
Prisma cristalino.
Crisol, balde que bebe
de la luna de Vulcano.
Calavera hospitalaria.
Hijo de dios
y dios cofrade.
Semilla y tierra,
madre.
Y, un paso más allá,
el paraíso,
fuente y manzana,
donde habitaron
Eva y la verdad.


Ya me he atado las sandalias.


NOTA:
Ha pasado el lunes y no he cumplido mi palabra. Lo lamento. Hay días que tienen el nombre equivocado.

miércoles, 21 de septiembre de 2011

La poesía es un arma cargada de futuro



Cuando ya nada se espera personalmente exaltante,
mas se palpita y se sigue más acá de la conciencia,
fieramente existiendo, ciegamente afirmado,
como un pulso que golpea las tinieblas.

Cuando se miran de frente
los vertiginosos ojos claros de la muerte,
se dicen las verdades:
las bárbaras, terribles, amorosas crueldades.

Se dicen los poemas
que ensanchan los pulmones de cuantos, asfixiados,
piden ser, piden ritmo,
piden ley para aquello que sienten excesivo.

Con la velocidad del instinto,
con el rayo del prodigio,
como mágica evidencia, lo real se nos convierte
en lo idéntico a sí mismo.

Poesía para el pobre, poesía necesaria
como el pan de cada día,
como el aire que exigimos trece veces por minuto,
para ser y en tanto somos dar un sí que glorifica.

Porque vivimos a golpes, porque apenas si nos dejan
decir que somos quien somos,
nuestros cantares no pueden ser sin pecado un adorno.
Estamos tocando el fondo.

Maldigo la poesía concebida como un lujo
cultural por los neutrales
que, lavándose las manos, se desentienden y evaden.
Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse.

Hago mías las faltas. Siento en mí a cuantos sufren
y canto respirando.
Canto, y canto, y cantando más allá de mis penas
personales, me ensancho.

Quisiera daros vida, provocar nuevos actos,
y calculo por eso con técnica qué puedo.
Me siento un ingeniero del verso y un obrero
que trabaja con otros a España en sus aceros.

Tal es mi poesía: poesía-herramienta
a la vez que latido de lo unánime y ciego.
Tal es, arma cargada de futuro expansivo
con que te apunto al pecho.

No es una poesía gota a gota pensada.
No es un bello producto. No es un fruto perfecto.
Es algo como el aire que todos respiramos
y es el canto que espacia cuanto dentro llevamos.

Son palabras que todos repetimos sintiendo
como nuestras, y vuelan. Son más que lo mentado.
Son lo más necesario: lo que no tiene nombre.
Son gritos en el cielo, y en la tierra son actos.


miércoles, 9 de febrero de 2011

Del gris al azul sin decir nada



Estos días estaba tratando de reflexionar sobre el gris. Estos días el gris y el azul son dos colores que me obsesionan. Tanto es así que no consigo avanzar en otras cosas, con las que me tropiezo y me embarranco. Ahora mismo estoy atascado en el mismo punto en que me atasqué hace una semana y hace quince días.

La obsesión no es una estado enfermizo ni una actitud morbosa. Al contrario. En mi caso tiene que ver más con la rebeldía.

El azul tiene que ver con la luz y el gris con la oscuridad. Como en los tópicos.

He escrito “estoy tratando”. Debería escribir: “se me impone”. Como le ocurría a Unamuno con sus personajes en Niebla. Con la reflexión uno responde a sus demonios. Aunque escribir es un acto de libertad, también es un debate con uno mismo, del que surgen glorias y miserias, contradicciones, vacíos, el vacío de la ignorancia. Uno escribe, parece estar vertiendo y, en realidad, aprehende, aprehende y aprende, es decir, se libra de lo desconocido y atrapa respuestas a preguntas que lo torturan. Uno escribe para entenderse. Dice que para entender, pero es para entenderse. No desconocemos el mundo, nos desconocemos a nosotros. Y nuestro propio desconocimiento nos lleva al desconocimiento de lo demás.

Por eso me vino a la memoria el poema de León Felipe sobre la piedra pequeña del camino. Uno trata de determinar lo que no es, para saber lo que probablemente sea; no lo que es, porque nunca sabe lo que es.

Y tuve que copiar ese poema que llamé 6 de febrero, aunque fue escrito el 31 de diciembre de hace dos años, con una finalidad y en un contexto muy concretos.

Yo quería escribir sobre el gris. En verso, en un poema. Porque un poema da la libertad expresiva que no permite ningún otro medio. Puedo utilizar claves y puedo sugerir respuestas, sin que las respuestas me comprometan, porque no conozco las respuestas.

Quería escribir pensando en una persona concreta, lo necesitaba de ese modo. Siempre pienso en personas concretas cuando escribo. Un relato, por ejemplo, sale mejor si uno se imagina en la penumbra, frente al fuego, desgranando lentamente las palabras y transmitiendo las emociones con pequeñas inflexiones que sólo ciertas palabras permiten. Con los ojos entrecerrados, como si el relato fuera un recuerdo o una leyenda del pasado.

Y tenía que ser el 6 de febrero porque el 6 de febrero es su cumpleaños.

Pienso en el azul y siempre me vienen imágenes muy concretas. Un cielo limpio y luminoso, casi transparente, cristalino, que se llena con la música del silencio. Y un mar extenso, casi infinito, que se funde con el horizonte y se traga o nos devuelve los barcos que lo surcan, como si fueran barcos de papel hechos con nuestras manos, como los mensajes de los náufragos.

Vienen más imágenes, pero estas dos casi siempre acuden cuando pienso en el azul.

Ya sé que decir azul o decir gris no significa nada. Ni el gris ni el azul existen, ya lo sé. Sólo es el modo que tiene nuestra retina de captar el grado de absorción que de la luz tienen los objetos. En realidad, si hemos de hacer caso a Damasio, ningún objeto es sino la representación que de él hace nuestro cerebro. Aun así, los colores nos llenan de emociones, lo saben bien los publicistas. Para nosotros son una realidad tangible. No se pueden tocar pero se pueden ver. A mí el azul me llena de optimismo. Siempre estuvo presente en escenarios de luz, paz y armonía, así que no puedo separarlo de la amistad y el amor.

El gris es otra cosa. Tiene que ver con el extravío, con la oscuridad, con la lejanía. Con la ausencia. La ausencia es gris. El gris es el color que transita entre la noche y el día. Y nunca se tiene certeza del amanecer. La ignorancia nos viste de gris. Y el dolor. Dolor e ignorancia son con frecuencia la misma cosa. La miseria también es gris. Y la injusticia. El Roto reflexiona con el gris.

Uno se obsesiona con el gris cuando no tiene respuestas. No digo preguntas, las preguntas se formulan cuando uno tiene las respuestas. O dicho de otro modo más preciso: entre pregunta y respuesta hay una relación dialéctica. La respuesta llega cuando uno entiende la pregunta o uno se formula la pregunta cuando tiene a mano la respuesta. La respuesta está implícita en las preguntas. Uno se interroga sobre la oscuridad cuando empieza a adivinar la luz. Sólo el ignorante y el necio no se hacen preguntas. El sabio es una persona llena de dudas.

Bien. Pues llevaba quince días tratando de escribir un poema desde el gris, para acabar en el azul. ¿Un recorrido iniciático entre la noche y el día, de la oscuridad a la luz? No lo sé. Del gris al azul. Y que sirviera, al mismo tiempo, de regalo de cumpleaños. Pero no me valió nada. Hay dos folios de versos que no sirven para nada. Ni riman, ni tienen música, ni dicen nada, pareciera que hay una enemistad, una inquina entre las palabras, que no se encuentran. Son dos folios de desencuentros de palabras. No hay peor descarrío que el que se sufre entre las palabras. Las palabras tienen que encontrarse para decir algo, las palabras por sí solas no son nada, necesitan del hallazgo armónico para decir algo. Las palabras son como las personas, son las personas, son nosotros a la búsqueda de una respuesta, de un orden armonioso que les dé sentido. Las palabras son un montón de letras hasta que significan algo. Azul tiene el significado de los paisajes que hablan.

Las palabras sufren su propio extravío.

Continuaré con mi meditación obsesiva sobre el gris. Quizá consiga decir algo. Si digo algo, tendrá sentido.

domingo, 6 de febrero de 2011

6 de febrero







Te conocí en azul.
Y te he visto ocaso
y atardeceres rotos.
No sé si existes,
si estuviste alguna vez.
No sé si querías ser
lo que eras,
pero serás lo que quieras.
No sé si pasaron los días,
no sé si fuiste adonde querías,
no sé qué te llevó,
no sé si estás.
Quizá no regreses nunca.
Quizá no te hayas ido.
Quizá no estés
en ninguna parte,
tal vez no llegues.
Tal vez te encuentres
al lado del corazón,
allí, donde brota
el agua cristalina
y no son necesarias la palabras.
Donde existas,
donde estés
habitará la luz.



jueves, 3 de febrero de 2011

León Felipe y los libros


León Felipe, estatua en el parque de su nombre, Zamora



Tengo que poner orden en los libros. De repente he necesitado leer un poema de León Felipe, ese que habla de la piedra pequeña y ligera del camino, el guijarro humilde de las carreteras, que figura en Versos y Oraciones del Caminante, no sé si comienza con esos versos. Uno necesita a veces leer cosas concretas, como necesita en ocasiones oír determinada palabra o escuchar cierta música, un composición precisa. Es un librito diminuto, publicado por una editorial mejicana, creo que es mejicana, allá por 1970, más o menos. Y no lo encuentro, así que debo poner orden en los libros. Quizá deba poner orden en mi vida. Cuando uno tiene que poner orden en sus libros, ha de poner orden en su vida. Es decir, en sus emociones, en sus sentimientos. Es tanto como decir poner orden en los miedos. Los libros representan las emociones de nuestra vida. Si se es capaz de hacer una cronología de las lecturas, se está en disposición de reconstruir una biografía. De las lecturas y de las músicas. Las palabras y los sonidos -y, tal vez, los paisajes- configuran una vida y determinan el ADN que heredarán nuestros hijos.
Hace tiempo que vencí los miedos y me encuentro, por otra parte, cómodo con cierto desorden en las emociones y sentimientos. O sea, que sólo pondré orden en los libros. Me parece bien que la vida siga siendo una aventura. No hay aventura sin una cierta improvisación en el camino. De hecho, mis lecturas están muy alejadas de la planificación y el orden: leo las cosas como me van cayendo, como me pide el cuerpo o como me alcanza la intuición. Son los libros los que me eligen a mi.
Por lo tanto, me he puesto a buscar en internet. Y he encontrado el poema, claro, y lo he leído. Lo pongo al final. Internet es el bazar o el trastero donde uno halla cualquier cosa. Y he encontrado mil perfiles de León Felipe, tantos como diversa y contradictoria fue su vida. Él decía de sí mismo que era un poeta prometeico. Por Prometeo, supongo. Prometeo era un titán amigo de los mortales que robó el fuego a los dioses para entregarlo a los humanos, hecho por el que fue castigado. Supongo que él se sintió prometeico porque nos entregó el fuego de la palabra, arrebatándosela a los malvados que tenían la pistola. Ellos tenían la pistola y León Felipe tenía la palabra. Me llevo la palabra, dijo, cuando se exiliaba. Pero no se la llevaba para esconderla o patrimonializarla, sino para devolverla a la gente normal, a quien le había sido arrebatada, aquélla que hablaba alto para anunciar: que viene el lobo, que viene el lobo, sin que nadie quisiera escucharlo. Y vino el lobo. Y se quedó 40 años.
Pues internet me recordó que nació en un pueblo de Zamora, que en Zamora hay un parque con su nombre y que en el parque hay una estatua en su honor. No lo recordé cuantas veces estuve en Zamora, la última hace unos años. Hubiera ido a leer un poema a sus pies. O diez poemas. Como leí a Gerardo Diego junto al Duero y a Antonio Machado por las calles de Soria. Los sitios en los que han estado los poetas o donde se les recuerda tienen un no sé qué mágico.
Hace muchos años viví en un edificio de Argüelles, frente a la esquina de la Casa de las Flores, donde vivió Neruda y estuvo Hernández o Lorca, por ejemplo. Mi ventana miraba directamente al balcón de la Casa de las Flores, y yo los imaginaba a ellos allí, e imaginaba a Hernández repentizando décimas por una apuesta. Cogía mis tomitos de Losada y leía. Había un loro o papagayo que lanzaba su estentórea cantinela y yo lo maldecía. Y llegué a pensar que aquel loro era una parábola de la dictadura: había sustituido las voces por psitácidas.
Tengo que ir a Zamora a leerle a León Felipe sus poemas. La última vez me arrebató el Duero.


Así es mi vida,
piedra,
como tú. Como tú
piedra pequeña:
como tú,
piedra ligera;
como tú,
canto que ruedas
por las calzadas
y por las veredas;
como tú,
guijarro humilde de las carreteras;
como tú,
que en días de tormenta
te hundes
en el cieno de la tierra
y luego centelleas
bajo los cascos
y bajo las ruedas;
como tú, que no has servido
para ser ni piedra
de una lonja,
ni piedra de una audiencia,
ni piedra de un palacio,
ni piedra de una iglesia...
como tú, piedra aventurera...
como tú,
que tal vez estás hecha
sólo para una honda...
piedra pequeña
y
ligera...

León Felipe

Versos y oraciones del caminante.

miércoles, 6 de enero de 2010

Breves


Diente de león



1.

Pregunta: ¿Qué no es poesía?
Dos respuestas, entre otras muchas posibles:
-Un conjunto de líneas mutiladas, aunque sean muchas.
-Un texto ininteligible, por rebuscadas que resultan las palabras (esto, probablemente, tampoco será filosofía).

2.

Pregunta: ¿Qué es poesía?
Respuesta: No tengo respuesta, aunque sé cuando no es poesía. Tras la simpleza de Bécquer, me limito a leer a los poetas.

3.

Cada poema de Perito en lunas, por ejemplo, de Miguel Hernández es una descripción o una historia concretas, precisas. Cuesta descubrir el motivo –el título escondido basta- pero, descubierto, cada palabra cobra sentido, nada es superfluo ni artificial. Buena parte de la poesía seudogongorina actual no la entienden ni sus propios autores. O sea, que no pasa de ser un conjunto de líneas mutiladas ininteligibles. Poesía abstracta, dicen algunos. Seguramente es una afirmación tomada de Chiquito de la Calzada.

4.

En relación con preguntas y respuestas, el budismo zen viene a decir que uno tiene respuestas siempre que sabe formular las preguntas. Aún más, nos hacemos preguntas sólo porque tenemos respuestas.

5.

En el cementerio Stadtfriedhof de Göttingen, en Alemania, descansan ni más ni menos que 44 premios Nobel, entre ellos Dirac, Oppenheimer, Planck, Fermi, Heisenberg y Pauli. Es el cementerio con más premios Nobel por metro cuadrado del mundo.

6.

Un paseo por un cementerio siempre supone una cura de humildad. Un paseo por Stadtfriedhof debería suponer, además, una cura de silencio.

7.

03/01/2010. En la madrugada, una mujer de 45 años, Josefa R.Z., de 45 años, murió asesinada por su marido, Juan Manuel C.E., del que se había separado varias veces, en el municipio de El Cuervo (Sevilla). 1ª víctima del terrorismo machista en 2010. Josefa nunca había denunciado a Juan Manuel por malos tratos. Tomemos nota.


Ya no podemos hacer nada por ella. ¿Podemos hacer algo por la siguiente? Antes de que sea la siguiente, para que no sea la siguiente, a ver si Josefa también es la última.

martes, 29 de diciembre de 2009

En Enero





Déjame que te cuente.
Antes de que puedas oírme
y yo tenga que callarme.
Antes de que puedas hablar,
de que puedas pedirme
explicaciones
y yo tenga que darte
explicaciones.
Antes de que el mundo
nos convierta,
tal vez, en enemigos.
Este mundo de enemigos.
Cuando creas que soy cómplice
de la molicie que entregamos.
Un mundo de escombreras
donde todo está a medio hacer.
O en trance de ser deshecho.
Déjame decirte:
quizá este mundo
no sea malo.
Aunque haya malos,
gentes con dentaduras postizas
por las esquinas,
aguardando para dar su dentellada.
O haya víctimas,
maniquíes de alma superflua.
Seres humanos postizos.

Cuando llames a la puerta
y te abran las ventanas
de la tierra,
y te enseñen el mar,
como la estela sublime
de las amapolas blancas
que la espuma construye
contra la playa;
cuando sepas que dios
no te habla
desde el otro lado de las olas;
cuando sepas que no hay voz
sino la tuya que habla;
cuando descubras
que nadie piensa
sino quien en ti piensa;
cuando no rías pero te rías,
y explotes sobre las manos
y el pecho de tu madre,
y sea tu padre el marinero
del horizonte;
cuando, al fin, seas fruta,
que no fruto;
cuando surjas
hacia el aire transparente,
hacia la mano sin deudas,
con el dolor y la sangre,
será la primera palabra.
Es decir, tu elección.
Eso será vivir.


(A Maca, protoabuela)